Imposible creer que Ángel Crespo llegue a su centenario. Mas asumiendo que su final fue en el Hospital de Barcelona hace treinta años. Nos pareció prematura, como si el gran poeta, traductor y erudito se fuera antes de revelarnos más hechizos, descubrir más autores, más obras: “Primero la obra antes que el poeta”, no se cansó de repetirnos. Los recuerdos en su caso me resultan dolorosos, desde sus conversaciones en el apartamento de Las Corts a principio de los años ochenta, donde se alojaban cuando regresaban a España de sus clases en Mayagüez, Seattle y otros destinos, hasta su final, viviendo en el céntrico piso de la calle Rosellón, en pleno Ensanche, y siendo profesor en la Universidad de Barcelona, en la UAB y en la Pompeu Fabra.
Crespo estuvo enamorado de Barcelona –también de Calaceite–, sobre todo porque sabía que aquí obtendría la discreción para poder crear, lejos del poder literario. Tenía también una alma libertaria, que no dudaba en exhibir. En las anchas mesas del piso de Rosellón, Crespo y Pilar Gómez Bedate fueron un faro para las generaciones de jóvenes que nos acercábamos allí por Dante, Cavalcanti, Petrarca, Pessoa, Guimarães Rosa y muchos otros. Los recuerdos del postismo, sus relaciones de amor odio, sobretodo amor, con Ory, Lizano, Carriedo, Corredor Matheos, Barral, Gimferrer y los demás, invadían unas veladas, donde el whisky no faltaba. Nos ha dejado tan solos como en su poema, “tu alma ausente de lo que te esperaba al quedarte tan solo.”
David Castillo
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