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Salvar el libro en la era de la IA generativa
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Salvar el libro en la era de la IA generativa
  21/6/2026



El filósofo y experto en inteligencia artificial Éric Sadin afirma que el sector puede morir y recomienda medidas concretas para que no desaparezca



Desde la generalización de internet en el cambio de siglo, la perspectiva de un posible fin del libro ha sido un tema recurrente. Esta conjetura, que antes queríamos creer infundada o condenada a ser indefinidamente aplazada, ahora parece bruscamente estar cobrando fuerza.


Existen varias razones que la motivan. Desde hace algunos meses, el descenso de la venta de libros por toda Europa alcanza niveles inquietantes. La continua reducción del tiempo dedicado a la lectura está bien documentada, como demuestran estudios recientes dedicados a esta cuestión. El precio de las novedades se está volviendo prohibitivo para la mayoría de los consumidores. Año tras año, no dejamos de asistir a una inflación en la aparición de títulos que tiene como efecto fragilizar al conjunto del sector.


En las grandes ciudades, el montante de los alquileres de las librerías, que se benefician de algunos de los márgenes de beneficio más reducidos del mundo del comercio, se está volviendo insostenible. Además, el mercado del libro de segunda mano ocupa una parte cada vez más importante, sin que los ingresos que genera se incorporen a la cadena de valor habitual del sector.


A medida que se acumulan las señales alarmantes, otro factor, aún más insidioso, está a punto de asestar un golpe fatal a lo que ahora se asemeja a un gigantesco castillo de naipes. Este factor es la IA generativa, que, si no nos ponemos en guardia, hace planear la amenaza de una muerte, pura y simple, de la producción editorial existente. Y esto se debe a tres razones principales.


Primero, la libre puesta a disposición de las tecnologías de generación de textos automatizada solo puede conducir a una devaluación del lenguaje. Porque desde el momento en que todo el mundo tenga acceso a sistemas que nos permitan evitar el esfuerzo, es el mérito —e incluso el prestigio, cuando se trata de obras intelectuales— asociado a nuestra capacidad natural de producir discurso el que comienza a difuminarse.


En segundo lugar, es inevitable que en este nuevo contexto se generalice un clima de desconfianza hacia cualquier nueva publicación, ya sea de forma consciente o inconsciente. La razón es que cada vez seremos más incapaces de distinguir entre las creaciones humanas y las generadas por máquinas. En esta situación, imaginemos a un Arthur Rimbaud publicando en este momento, a los 19 años, Una temporada en el infierno , y recibiendo comentarios incrédulos que afirman que es impensable que una persona tan joven pueda ser autora de tales páginas. El régimen de la duda se convierte, con el tiempo, en un veneno capaz de minar el interés por la literatura, para emerger en su lugar un proceso inverso: multitudes que generan “ficciones” o “ensayos” que responden a sus más pequeños anhelos, u se vuelven cada vez más indiferentes a las perspectivas singulares de los demás.


En tercer lugar, y en esta misma línea, proliferan ya obras que solo pueden calificarse de “tartufas”. Estas obras provienen de falsarios que, sin vergüenza, osan firmar estas producciones artificiales, y buscan obtener beneficios simbólicos y pecuniarios de esta situación totalmente desleal. Una dinámica que no puede sino alimentar la confusión y desalentar aún más a los consumidores.


Al presentar un manuscrito, el autor se debería comprometer a no haber usado la IA

Ante este panorama sombrío, ¿asistimos a la toma de decisiones a la altura de las circunstancias por la profesión y por el poder legislativo? Desgraciadamente, a día de hoy, solo puede constatarse la apatía. Y si pensamos que el camino adecuado son las demandas formuladas en los últimos años a las empresas que utilizan robots para recolectar material en el seno de los corpus protegidos para que retribuyan a los que poseen los derechos de autor, entonces estamos equivocados por completo.


Porque realizar un trato con la industria de la inteligencia artificial significa no ver la doble implicación que tiene para la obra: la de contribuir a la sofisticación de estos sistemas y, en consecuencia, poner en peligro los oficios del libro, en primer lugar de los cuáles, el de los autores. En realidad, vista la grave amenaza que, desde los primeros días, representaban estos pillajes, habría hecho falta entonces no mendigar y pedir su prohibición pura y simple. Por eso, apartando esos enfoques miopes y finalmente mortíferos, convendría, sin más dilación, afirmar alto y fuerte la inviolabilidad de ciertos principios y de ponerse manos a la obra para hacerlos respetar mediante algunas medidas concretas. Enunciamos cuatro que, de ahora en adelante, deberían formar parte de las nuevas tablas de la ley de la vida del libro.


En primer lugar, debería establecerse un acuerdo entre editores –a escala nacional o europea– para realizar el encargo de detectores sofisticados, y de uso mutualizado, de corpus sintéticos, y se permite así una vigilancia constante.


En segundo lugar, y en esta misma línea, debería incluirse sistemáticamente en los contratos que ligan a autores y editores una cláusula que estipule que, al presentar un manuscrito, el autor se compromete a no haber utilizado la IA generativa, ni en todo ni en parte, durante el proceso de redacción. Y si resultara que ese fuera el caso, el editor, visto el perjuicio sufrido, tendría el derecho a emprender acciones legales ante los tribunales.


En tercer lugar, dado que se trata de trabajar para instaurar confianza, debería estamparse en cada guarda de libro una declaración con este espíritu: “Ni este libro, ni ninguna frase de él, emana de una inteligencia artificial”. Un juramento que establecería un pacto moral con el lector.


En cuarto lugar, un principio similar debería estar en vigor para la traducción de obras de literatura y ciencias sociales, ya que solo los seres dotados de sensibilidad son plenamente capaces de captar toda la densidad semántica de un texto. Además, se trata de profesiones que testimonian la diversidad y la grandeza de nuestra humanidad y, como tales, no deben ser sacrificadas en el altar glaciar de la racionalidad contable.


Todos estos procedimientos, teniendo en cuenta que el contexto ha cambiado radicalmente en los últimos años, otorgan al público el derecho a estar, en cierto modo, al corriente de la composición de los materiales.


La IA generativa amenaza de muerte pura y simple la producción editorial

Si no queremos despertar, en el cambio a la próxima década, en un mundo que se haya desviado definitivamente de nuestra pasión natural por la curiosidad, lo imaginario y la reflexión paciente, entonces forma parte de nuestras más altas responsabilidades abordar con urgencia, y hacerlo de frente, estas cuestiones absolutamente vitales.









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