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Carmen Kurtz que duerme bajo las aguas
  18/9/2026



C armen Kurtz ganó el premio Planeta con El desconocido . El argumento de esta novela, tan bien construida y amena, en permanente alternancia entre los puntos de vista de sus protagonistas, es puro síndrome Karenin.


Hay en Ana Karenina de Tolstoi un pasaje de memorable plasticidad. Ana regresa a casa. Su marido está en batín y ella, ya amante del conde Vronski, se fija en que le asoman de las orejas unos pelos que le resultan repugnantes. Quizá unos meses antes simplemente le hubiera dicho, afectuosa: “Ahora mismo, Alexéi Aleksándrovich, vamos a recortarle esos pelos, no puede usted ir así por la vida”. Sí, unos meses antes, pero entonces era entonces y ahora le detesta.

Por una asociación de ideas errática, las mejores novelas de Carmen Kurtz (Barcelona 1911-1999) me recuerdan esa escena, como si fueran glosas y desarrollos del momento en que cristaliza el desamor.

Son mucho más, desde luego: un retrato nítido, realista, de su contemporaneidad y también el retrato de una mujer, de nombre cambiante pero siempre marcada por el deseo de libertad personal y la voluntad de salvar la dignidad. No cuesta adivinar que esa mujer, que procede de una familia acomodada y en plena juventud se ve arrebatada hacia la miseria que encara con valor y orgullo, esa mujer que exclama “El pensamiento de evasión no me abandonará nunca”, y “Me rebelaré siempre”, es un trasunto de la autora, que también procedía de una familia acomodada, estudió en el extranjero, vivió en Francia y a finales de la segunda guerra mundial volvió a Barcelona, donde pasaría el resto de su vida.

Carmen Kurtz fue una narradora tan natural como sofisticada que gozó de una celebridad efímera. De su obra, lo que más se conoce es su narrativa infantil, los cuentos de “Óscar”. No iba al compás de su tiempo: primero fue por delante, y luego, quizá, por detrás. De ambos “desajustes” es culpable la época tormentosa que le tocó vivir en sus años de formación, la Guerra Civil, la ocupación de Francia, donde vivía con su marido, de origen alsaciano, el ingeniero Pedro Kurz (la “t” se la puso Carmen por razones de eufonía), y la posguerra en Barcelona, donde para publicar sus novelas tuvo que mutilarlas. Las imposiciones implacables de la censura del ministro Gabriel Arias-Salgado la desesperaban, como es natural, pero se da la feliz consecuencia de que las obligadas cancelaciones, las elegantes alusiones, los silencios, las elipsis, confieren a su fraseo un estimulante color de misterio y ambigüedad.

Fue una narradora tan natural como sofisticada que gozó de una celebridad efímera; su narrativa infantil es la más conocida
La primera, Duermen bajo las aguas (1955), con la que Kurtz ganó el premio ciudad de Barcelona, es una autobiografía muy ficcionalizada, narrada en primera persona y salpicada de interesantes detalles epocales, en un estilo preciso y sobrio, eficaz, evocador. Cubre su infancia y adolescencia inquieta, que transcurrieron, como la de Pilar (la protagonista), entre colegios de monjas, un suntuoso piso familiar en Barcelona y una virgiliana finca rural.

Luego, el precoz matrimonio con Enrique, un ingeniero francés a quien Pilar sigue por varias ciudades provinciales de su país y con quien vive modestamente mientras él porfía para conseguir un empleo en alguna de las colonias francesas de Ultramar, sea Indochina o África, donde le ha prometido una vida emancipada, aventurera y confortable. Sobreviene la segunda guerra mundial y la ocupación alemana, y Enrique es internado en un campo de concentración. Ahora sola, con una hija pequeña, asediada por la miseria, Pilar se emplea como secretaria e intérprete en la prefectura de Marsella. Allí asiste a la tragedia de los desplazados y clandestinos, de los republicanos españoles que huyeron de la derrota, de los judíos que tratan de fugarse hacia España, y ayuda en lo que puede a unos y otros… mientras se deja cortejar por un joven rico, apuesto y encantador. Tras el final trágico de este amor Enrique es liberado y ella, que tantas cosas tiene que ocultarle y que le ve como un extraño y una decepción, regresa con él a Barcelona. Los censores de Arias-Salgado no hubiera aceptado otro final.

Al año siguiente Carmen Kurtz ganó el premio Planeta con El desconocido . El argumento de esta novela, tan bien construida y amena, en permanente alternancia entre los puntos de vista de sus protagonistas, es puro síndrome Karenin.

El primer tercio transcurre el 2 de abril de 1954 en la estación marítima de Barcelona. Una multitud en la que figuran la protagonista, Dominica, y toda su familia, esperan la llegada del Semíramis, el barco que repatrió a los soldados de la División Azul desde las cárceles soviéticas. Entre esos presos viene Antonio, que un día, menos por idealismo que por hastío con su vida burguesa previsible y con el carácter independiente de su esposa (Dominica), se fue a la guerra. Iba a ser por unos meses, pero han pasado doce años…

El resto de la novela nos cuenta los esfuerzos de Antonio por adaptarse a su antigua vida y por recuperar su relación con Dominica… y el intenso malestar de ésta al tener que convivir con El desconocido. “ La marcha del marido y su regreso la habían destruido.”
“–¿Me quieres, Dominica?
–No te quiero, Antonio.”
Está lista para el adulterio. En el estudio de la cobardía, del amor y del desamor, salpicado de detalles ambientales siempre relevantes, Carmen Kurtz es de una franqueza muy noble, velada la violencia de los afectos y de las situaciones por la elegancia de su estilo sobrio.

Los anhelos y amores truncados, lo que pudo ser, las cartas no enviadas… y la narrativa de Carmen Kurtz –una persona generosa, según testimonio de otras escritoras a las que ayudó, que escribió una decena de novelas y “pasó de moda”— duermen bajo las aguas. Pero desde allí siguen enviando preciosos destellos.


Ignacio Vidal-Folch-La Vanguardia




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