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Las estrategias usadas a lo largo de la historia para menospreciar a las escritoras. ‘Dos Bigotes’ y ‘Barrett’ recuperan el libro ‘Cómo acabar con la escritura de las mujeres’, de la ensayista Joanna Russ
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Las estrategias usadas a lo largo de la historia para menospreciar a las escritoras. ‘Dos Bigotes’ y ‘Barrett’ recuperan el libro ‘Cómo acabar con la escritura de las mujeres’, de la ensayista Joanna Russ
ACEC  4/2/2019



S er mujer no siempre fue fácil. Sigue sin serlo, no hay más que ver la brecha salarial o cuestiones relacionadas con la violencia sexual. Pero hubo una época en que todo era más complicado todavía. La mujer sólo podía emplearse en oficios como el de institutriz, y eso sólo si estaba soltera. Algunas de ellas, no obstante, decidieron dar un paso adelante, pese a que por ello les llovieran las críticas.


Un claro ejemplo son las escritoras, pues podían redactar desde casa y denunciar determinadas situaciones a través de sus textos. No obstante, su camino no fue fácil. Joana Russ lo sabe bien, pues ha plasmado en su ensayo Cómo acabar con la escritura de las mujeres’ las excusas que han servido para silenciar a las grandes literatas de nuestra historia a través de un exhaustivo análisis de las obras y de sus críticas. A continuación, La Vanguardia recopila los once patrones que han servido para ignorar, condenar o minusvalorar las obras de mujeres:


Prohibiciones
La ausencia de prohibiciones formales no excluye la presencia de otras que, a pesar de ser informales, son muy poderosas como, por ejemplo, la falta de tiempo y la pobreza. Las mujeres de clase media casadas no podían ser propietarias de una vivienda por la Ley sobre la Propiedad de la mujer Casada, que se promulgó en 1882.


Tal y como afirma Virginia Woolf en Una habitación propia, “todas estas buenas novelas, Villette, Emma, Cumbres borrascosas, Middlemarch, las escribieron mujeres tan pobres que no podían permitirse comprar más que unas cuantas manos de papel de una vez para escribir. En cuanto al tiempo libre, en muchas ocasiones iba acompañado de la pobreza. “A la famosa Marian Evans, quien más tarde se convertiría en George Eliot, se le requirió su tiempo cuando era veinteañera para llevar la casa y atender a su anciano padre”.


La situación no cambia mucho en el siglo XX con Sylvia Plath, que se levantaba a las cinco de la madrugada para escribir, pues era el único momento que tenía para ella o Tillie Olsen, mujer de clase obrera que en su conmovedora biografía Rebecca Harding Davis estudia la imposibilidad de ser artista, ama de casa las 24 horas, madre y la que gana el pan de la familia también a tiempo completo.


Mala fe
A lo largo de los años, las técnicas de contención, menosprecio y negación han sido en ocasiones tan ilógicas que es difícil no creer que existía una conspiración consciente. ¿Se trata de eso o de ignorancia? Un debate que se plantea Russ en sus líneas. La autora plantea que, “aunque la gente es responsable de sus acciones, no es responsable del contexto social en el que tiene que actuar ni de los recursos sociales que tiene a su disposición”. No obstante, también insiste en que parece más cómodo ahorrarse el esfuerzo de contradecir el discurso oficial en lugar de buscar nuevos.


Negación de la autoría
Por muy sorprendente que pueda parecer, era bastante habitual negar loa autoría de una obra escrita por una mujer si esta era considerada fantástica en todos sus términos. De Mary Shelley y su Frankestein se llegó a decir que el libro era “un medio transparente por el que pasaban las ideas de aquellos que estaban a su alrededor”. Lo mismo ocurrió con la obra de Emily Brönte, pues de Jane Eyre se dijo que lo había escrito algún hermano y de Cumbres Borrascosas que el libro se terminó a sí mismo.

Contaminación de la autoría
Volvemos a pensamientos que son peces que se muerden la cola. ”La historia de la literatura perpetúa el círculo vicioso por el que las mujeres virtuosas no podían saber lo suficiente de la vida como para escribir bien, mientras que aquellas que sabían lo suficiente de la vida como para escribir bien, no podían ser virtuosas”. ¿Virtuosa y saber de la vida, dos virtudes a la vez? Socialmente era considerado imposible, por poco sentido que veamos hoy en día que pueda tener.


Conforme pasaban los años, estos conceptos se mezclaban con la belleza. Si una escritora era guapa, para muchos, a la fuerza tenía que ser tonta. Por lo que, si escribía una obra buena, creían firmemente que no la había hecho ella. Algo absurdo, aunque cabe decir que cosas similares han ocurrido hoy en día.


Doble rasero del contenido
En los anteriores puntos hemos visto el ‘Ella no lo escribió’ y el ‘Sí lo hizo, pero no debería haberlo hecho’. Pues a esto se suma una nueva modalidad: ‘Sí lo hizo pero fíjate sobre qué cosas ha escrito. Russ suscribe las palabras de Virginia Woolf explicando cómo cambiaron las cosas, pues antes ellas hablaban de maternidad, moda y hogar y, con el tiempo, se pasó también a debatir sobre guerras y fútbol. Algo que se consideraba impropio para una señorita.


Falsa categorización
Es muy probable que no sea la primera vez que hayan escuchado el eufemismo Emily la loca, en referencia a Dickinson. Motes que surgían constantemente para despreciar a las autoras y tratar de restar importancia a sus obras. La poeta Aphra Behn se convirtió en Aphra la puta y Christina Rossetti en Christina la solterona. Y así podríamos seguir todo el artículo. No sólo se las categorizaba erróneamente, sino que también se las expulsaba de las antologías y de los libros de texto. O si aparecían, lo hacían puntualmente y en subgéneros literarios de “arte no serio”. Actualmente, se está tratando de recuperar a todas ellas.


Aislamiento
¿Y qué pasaba ante la evidencia de que una obra era realmente buena? Muchas veces se negaba, claro, pero ¿y cuándo no ocurría?, era tan fácil como decir que “sólo tiene una obra buena”. Hoy en día quizás no lo digamos tan directamente, pero los hechos son los mismos, cuenta Russ, que asegura que “la librería de la universidad donde yo trabajaba vendía tres o cuatro ediciones de Frankenstein, pero no tenían ni una sola de El último hombre, de Mary Shelley”. Esto ocurría en los 80, pero también ahora. Hagan la prueba. En la mayoría de las librerías, de determinadas autoras sólo se encuentra su obra más popular. Pero, ¿qué pasa con el resto?


Anomalía
Un poco la idea repetida en puntos anteriores en la que se da por hecho de que una escritora sea buena es algo anómalo. Y poner la lupa en ellas, asegurando de que se trata sólo de una de sus obras, o de casos aislados. “Lo escribió ella, pero hay muy pocas como ella”, considera Russ, que también asegura que “considerar que las escritoras son anomalías es el modo definitivo para asegurar la marginalidad permanente”. Y, ¿por qué ocurría esto? No sólo por envidia, sino para tratar de que no se estudiaran ni se conocieran sus influencias ya que al parecer eran “casos puntuales”.


Falta de modelos a seguir
La consecuencia a todo esto era una importante falta de referentes. Y las pocas que habían, se preocupaban de hacerlas parecer anómalas, masculinas o locas, cuando en realidad eran pioneras y valientes, pues lograron convertirse en modelos para futuras generaciones, que pudieron llegar al arte sin ser de segunda categoría, sin volverse locas o sin por ello dejar de ser amadas.


Reacciones
Ante tales presiones, muchas veces la sociedad y los prejuicios vencían y conseguían que muchas mujeres no escribieran o que, si lo hacían, no lo publicaran. No sería la primera vez que se descubren grandes obras post-mortem. Muchas de ellas acababan asumiendo que su escritura era inferior a la de los hombres.


Estética
Lo que asusta del arte negro, o del arte de las mujeres, o del arte chicano, dice Russ, es que pone en cuestión la idea misma de objetividad y de criterios absolutos. “Una cara de la pesadilla es que el grupo privilegiado no reconocerá ese otro arte, que no será capaz de juzgarlo, y que su superioridad desaparecerá repentinamente. La otra cara de la pesadilla es que lo que encuentre en ese otro arte le resulte demasiado familiar”. Así, las vidas de las mujeres serían la oculta verdad sobre las vidas de los hombres.

 

Laura Gómez Ruiz
La Vanguardia

 




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