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Rosa Lentini vuelve todo literal, necesita consignar materialmente lo que su imaginación -o (y) su existencia real- experimenta.
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Rosa Lentini vuelve todo literal, necesita consignar materialmente lo que su imaginación -o (y) su existencia real- experimenta.
ACEC  24/9/2019



R osa Lentini
Hermosa nada
Bartleby Editores. Madrid, 2019

A la cita de Katherine Anne Porter que cierra el libro debe su título Hermosa nada, el último libro de Rosa Lentini que publica Bartleby Editores. Esa cita final  (“Nada. Nada es mío, solamente tengo nada, pero es suficiente, es hermosa y es sólo mía”) no sólo explica el título, sino que ilumina gran parte del sentido de un libro que había abierto otra cita de Tess Gallagher sobre la esperanza.

 

Entre esos dos paratextos se enmarcan los poemas de Hermosa nada, cuyo contenido se mueve entre la celebración y la elegía, entre dos poemas, el primero y el último, en los que sopla el diablo en la noche, mientras “un cielo de nubes dispersas /deja ver un halo de estrellas ingrávidas / casi virginales / en su oscuro universo.”

 

Esas estrellas reaparecen en el poema final como “plomadas luminosas / En ninguna hay emoción / solo abismo /peso / y el mensaje / de todo lo que vivió”.

 

La fragilidad de la existencia, el tiempo y el espacio, la memoria y la desposesión, el  nacimiento y la muerte, los recuerdos familiares de la niñez, las apariciones y las ausencias son algunos de los elementos en torno a los que giran estos poemas que son también la purga de un corazón en claroscuro que, entre la vigilia y sueño, proyecta su autobiografía en los cuentos infantiles, en los viajes al otro lado, en la pintura o en la literatura, como en este Gigantes 5:

 

No me llamo Alicia. No caí
              por el tronco hueco de un árbol
siguiendo al conejo que llegaba tarde
               a su cita con la reina de corazones
No atravesé el cristal
Las flores no me hablaron
Ninguna sonrisa dibujada predijo mi futuro
Pero cuando mordisqueé aquella seta
crecí crecí llené todo el espacio
             la cabeza traspasó el agujero de la chimenea
             el cuello encallado
             los brazos saliendo por las ventanas
hasta que toda la casa se convirtió en mi vestido
lo llevé puesto durante semanas que fueron meses
             durante meses que fueron años

 

Hay un brillo que me pertenece
cuando el sol da sobre los tejados
Un vacío tentador cuando se despide
tras las lomas
Los enanos rondan a mis pies
              Me he convertido en un santuario
                            para la falsa esperanza de sus noches
Volver a mi tamaño es imposible
                            sin vaciar los recuerdos
anudada a una grandiosidad
dure lo que dure este exceso
mientras el sombrerero me ofrece
                                            una diminuta taza de té
               que nunca consigo beber


 

 

Santos Domínguez





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