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Mario Lacruz, el oído absoluto de la literatura.
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Mario Lacruz, el oído absoluto de la literatura.
ACEC  24/5/2020



E scritor, editor y músico, se dedicó a publicar a otros y guardó en secreto parte de su obra. Veinte años después de su muerte han salido a la luz ya cuatro inéditos, pero sigue siendo un enigma por qué los mantuvo ocultos

Dedicó su vida a los otros, escritores, parientes, hijos, amigos, y fue un editor decisivo en la España que transitó de la dictadura a la democracia. Al frente de Plaza & Janés, Argos Vergara y Seix Barral publicó a 5.000 autores de distintas generaciones y géneros. Él mismo publicó tres novelas, fue requerido para publicar otras, pero aludía a sus compromisos familiares (tuvo cinco hijos) para permanecer inédito, como si estuviera seco. Tras su muerte, hace estos días 20 años, sus hijos hallaron en su armario “metro y medio” de originales que nunca vieron la luz, “ni salieron de casa”. Su hijo Max, editor de Funambulista, dice que, además, hallaron “bajo el colchón de la cama de mamá” las cartas que envió a su esposa, Bel, fallecida hace tres años. Ya se han publicado cuatro libros de esa colección de inéditos (los cuentos, Gaudí, Intemperancia y Concierto para disparo). Max y sus hermanos guardan, entre otros textos, las memorias del editor, y es muy probable que esas cartas a Bel salgan a la luz, “son tan divertidas”.

Era un hombre silencioso, exacto, “usaba corbata hasta los domingos, como un inglés”, según Max Lacruz, y su literatura, la que publicó y la abundante que guardó en el armario, responde a ese carácter. Antonio Muñoz Molina, uno de sus autores que prologa los cuentos, dice que “en la literatura española del siglo XX, tan verbosa con frecuencia, pocos escritores callaron tanto como Mario”. Fue tan potente ese silencio que Manuel Vázquez Montalbán, otro de sus autores, se preguntó tras la muerte de Lacruz si éste había dejado “obra póstuma”. “Todos esperábamos que un día Mario sacara de los cajones novelas extraordinarias que continuaran lo prometido por El inocente y La tarde. Le veíamos como un rey Arturo o ese padre esencial de las novelas de Marsé que un día volverá, y nos negábamos a creer que había perdido el favor del mar…”.


La suposición de Vázquez Montalbán (“nos negábamos a creer que había perdido el favor del mar”) recibió, en cuanto se abrió el armario, la respuesta en forma de esa pila de manuscritos de cuya existencia el autor de La tarde nunca dijo nada a nadie. Max, su hijo, amplificó la respuesta en el epílogo a los cuentos de su padre. El escritor que no aplazó el favor del mar, tituló su texto, que acababa así: “Lo que nos demuestran estos cuentos es que lo que Mario Lacruz nunca perdió fue el favor de la narración”. Fue, señalaba el hijo, alguien que “se consideraba a sí mismo ‘un autor de ayer o de mañana”, y esos relatos que prologaba Muñoz Molina dan “buena fe de ello”. “Era”, escribe Muñoz Molina, “un editor intensamente comprometido con los libros que publicaba —pronto nos daríamos cuenta de que era uno de los últimos—, pero su silencio literario de tanto tiempo era un enigma que lo envolvía tan visiblemente como el pudor personal de su trato”. Las novelas que había dejado atrás (y que Muñoz Molina confiesa haber encontrado en librerías de viejo) “existían al margen de la cultura literaria española en la que habían surgido, y en la que no había mucho sitio para ellas. Eran, en un sentido, novelas poco españolas, nada sujetas ni al provincianismo franquista ni a las ortodoxias estéticas que dominaban en su tiempo”.


Vázquez Montalbán les señaló parentesco: “El inocente y La tarde abrían expectativas de gusto literario y estrategia narrativa, y aunque la primera haya sido reconocida como un precedente de la supuesta novela policiaca española, es evidente que está más cerca de El extranjero, de Camus, que del canon policiaco de prestigio por entonces casi desconocido en España”. Eduardo Mendoza, otro autor de los que Lacruz publicó en abundancia, recordaba en el homenaje que se le tributó al poco de morir el editor: “Su prosa, como en blanco y negro, contenía todos los matices del gris”.

Rosa Montero (a quien editó en Seix Barral Te trataré como a una reina) le preguntó muchas veces por qué no escribía. Ella cuenta en el prólogo de Gaudí (uno de los inéditos del armario) que él siempre hacía alusión a sus compromisos familiares para aplazar la escritura propia. Julio Llamazares (cuya La lluvia amarilla nació de la mano de Mario, también en Seix Barral) dice en el prólogo de Intemperancia: “La pregunta no es por qué alguien deja de escribir, que eso es algo muy común (y muy fácil de entender o realizar), sino por qué alguien decide dejar de publicar mientras continúa escribiendo a escondidas de cuantos le rodean”. Ese es el misterio, señala Llamazares: “Ampararse detrás de otros autores para negarse a sí mismo como tal”.


Max recuerda que su padre tenía “oído absoluto”. Rasgaba la guitarra, cantaba, escribió canciones (una, muy famosa, para promover el libro de memorias Papillon), montó un grupo de teatro con Marsillach y Laly Soldevila, y surtió de guiones propios o como negro a la titubeante industria cinematográfica española. Fue, naturalmente, editor, además muy precoz y por casualidad. “Editor accidental”, decía él. Y, evidentemente, fue un escritor. ¿Por qué se resguardó tanto si había triunfado prematuramente con La tarde, con El inocente, que además estuvo a punto de ser película, codiciada una vez por Orson Welles y después por Ingmar Bergman (y que acabó rodando José María Forn)?


Dice Max Lacruz: “No hay tal misterio. El ayudante del verdugo aparece, editada en Plaza & Janés, que él dirigía, cuando él tiene poco más de 40 años; no quiso poner en peligro a otras editoriales porque en el libro había una carga de profundidad contra el franquismo, y la censura podía actuar con perjuicio para las empresas a las que se debían sus colegas. Fue editor por azar, y era escritor, eso es evidente”. Publicando se dio cuenta de que él no debía nutrir más los catálogos. “Un día le dije que por qué no publicaba. ‘Hijo, ¡cómo voy a publicar después de haber leído esta noche Muerte en Venecia…!’. Admiraba a Sciascia, al que descubrió antes que nadie en España; publicó también a Graham Greene y a Indro Montanelli, del que fue amigo, le interesó literariamente Camus, ‘¡este sí, este es un buen autor!’, exclamaba… Eliot le llegaba un poco, y decía: ‘Es que, en poesía española, si quitas a Machado, ¿qué queda?”. Para él la escritura era lo que quedaba de lo escrito, la pequeña música. “Él tenía su propia música, y eso es lo que habría querido que se escuchara de sus libros”.


Acaso porque no estaba segura esa audiencia guardó tanto silencio, metro y medio de silencio en un armario del que sus hijos van sacando la música de sus libros. “Lo lees”, dice Max, “lo escuchas, y ahí está lo que quiso hacer, una pequeña música”. Su hija Isabel, traductora como Max, recuerda una frase de Borges que al padre le gustaba: “No hay otros paraísos que los paraísos perdidos”. Era, decía Juan Fernández Figueroa, el que fue director de Índice, que Mario Lacruz era “un sajón de pelo negro”. Anglófilo tranquilo, guardó en el silencio la pasión de hacer música con las palabras. “Y a veces oíamos cantar en su habitación o en el baño a Louis Armstrong… Nuestro padre tenía tal oído que era capaz de ser Louis Armstrong o cualquiera de aquellos cuyos sonidos cabían en su oído demasiadas veces absoluto”.


Cuando su amigo Marsé cumplió 60 años, Mario Lacruz abrió la fiesta que le organizó Carmen Balcells al autor de Últimas tardes con Teresa interpretando al piano As Time Goes By. Siete años más tarde el silencio de la muerte dio paso a la sorpresa de sus secretos y de su pequeña música.


Juan Cruz
El País




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