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a extensa trayectoria literaria del escritor húngaro tiene en Último día en Budapest, el sincero y sentido homenaje a su maestro Gyula Krúdy, un punto iniciático
Fue Sándor Márai (1900-1989) un personaje parecido al de sus novelas. Nacido en la localidad de Kassa, actualmente perteneciente a Eslovaquia, se tuvo que exiliar en los años veinte durante el controvertido periodo del autócrata Miklós Horthy para regresar a Hungría, que abandonaría definitivamente en 1948 harto de los excesos socialistas.
Los húngaros fueron así: más nazis que los alemanes, más comunistas que los soviéticos. De hecho el país tiene mucho más de su antiguo territorio repartido entre sus vecinos que en la república actual y más habitantes en la diáspora que dentro. Emigrado a Estados Unidos, se suicidó, cansado de esperar, en San Diego en 1989. Cuando abandonó Budapest, convertida Hungría en satélite de la Unión Soviética, su despedida fue rotunda: “En aquellos diez años dejó de existir toda una forma de vida y toda una cultura”.
Tras la caída del muro de Berlín, y propiciado por los agentes literarios y la Feria de Frankfurt, su abundante narrativa se volvió a cotizar. En nuestro país, en los años noventa e inicios del siglo se tradujeron infinidad de novelas tanto en castellano (Salamandra) como en catalán (la antigua Empúries) que hicieron las de licias de los lectores después de un importante boca oreja (editadas en castellano y en catalán) novelas como La mujer Justa, la herencia de Esther, El último encuentro, La extraña, Los rebeldes, El matarife, Divorcio en Buda, e incluso prosa de no ficción como sus impresionantes diarios 1984-1989) Confesiones de un burgués y las memorias Lo que no quise decir En conjunto los lectores de entonces, descubrimos un mundo propio, uns profunda desafección hacia las idoelogías y unas historias sobre sobre las pequeñas cosas y la vida cotidiana de su tiempo.
Nuestros padres ya lo conocían de la posguerra, como a tantos otros. Destino lo trajo noi lo trtadujo en los años 45, en ediciones que todaví se s otros. [...] pueden descubrir si uno escarba entre las antigüedades. Las vidas de este individuo peculiar nos llegan con la recuperación de la novela Último día en Budapest, fechada en el lejano 1940. No es otra cosa que el sentido y sincero homenaje a su maestro Gyula Krúdy, a quien conocemos por múltiples traducciones, y a quien apodaban Simbad, tal como nombraba al héroe de muchas de sus narraciones.
Así, ese relato tragicómico se ubica en la vieja república desaparecida, en una tierra que ya no sabe a quién pertenece, con escritores en una lengua imposible y con todas las cargas de los depositarios de la razón y del poder. Márai construye la ironía, la descripción nostálgica invadida por una melancolía existencial, que produce un cóctel de alta graduación. No puede redescubir en mi última visita a a Hungría los bares, cafés que describe el maestro, a diferencia de los de Bohumil ,diferenciados de los de Bohemia y Hungría, se mantenían incólumes en Praga con sus dibujados de gatos y las fotos de viejos equipos de fútbol. En un momento, enarrador se pregunta: “¿Por qué los escritores habían honrado y enterrado a la nación desde los tiempos inmemoriales, y por qué esta había seguido viviendo, a pesar de las ol minosa profecías, por qué había permanecido en silencio durante mucho tiempo y, al mismo tiempo, con la misma firmeza misteriosa, el mismo silencio, la misma gravedad que los pastores de Hortobágy y sus animales oponen al destino, un destino al que hay que sobrevivir sin hacer preguntas ni esperar respuestas, porque no hay razón para existir aquí, entre el Tisza y el Danubio?”
La extensa trayectoria literaria de Márai tiene en Último día en Budapest un punto iniciático. Asistimos también al deslumbramiento ante el mundo de su maestro, a pesar de los pesares a esos encuentros tan característicos en la literatura alemana de Walsewr, Handke y Bernhard, la checa de los Hrabal, Kundera y compañía, la rusa o la del mejor Vargas Llosa. Estamos en un punto crucial de la belleza, tan desabrida como desinhibida. El lector olvida el argumento y se desliza en el aire como el niño que se columpia en el parque ajeno al peso del mundo.
David Castillo – LaVanguardia
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