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Sin niños en los hoteles. Es el mercado, amigo
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Sin niños en los hoteles. Es el mercado, amigo
  12/8/2026



A lgunos hoteles han empezado a excluir a la infancia de sus potenciales clientes. Pero ¿no tienen derecho los niños a formar parte también de la sociedad?

El verano propicia temas que, valga la redundancia, son propios de la estación. Pocas épocas, como esta, acogen a miles de turistas que, en gran medida, se refugian en hoteles a los que acuden a descansar y desconectar de la rutina del resto del año. Y es precisamente ese desconectar de los clientes, imagino, unido al ansia de conseguir cuanto mayor número de usuarios mejor, el que ha condicionado que los responsables hoteleros le den una y mil vueltas a la imaginación para conseguir el mayor número de reservas posibles y ser más original que el establecimiento de al lado.

Hasta aquí nada novedoso, ni nada, digamos, extraordinario. La polémica ha surgido cuando parece ser que un número, no demasiado alto, a decir verdad, de establecimientos hoteleros ha buscado nuevas posibilidades de negocio y entre sus ofertas ha propuesto incluir «adults only». O, en lenguaje patrio, «establecimiento solo para adultos».

Es obvio que el libre mercado en el que vivimos nos permite, o permite a los empresarios, elegir o seleccionar los clientes a los que quiere atender. Aunque, en aras de esa selección sería un tanto extraño encontrar limitaciones de la entrada en la que leyéramos «solo murcianos», o «solo alemanes», pongo por caso. Ya ni les cuento si la fórmula fuera excluyente lo mal que nos parecería: «prohibida la entrada a catalanes», o «solo clientes menores de 65 años», pongo por caso. Un tanto extrañas cuando menos los supuestos anteriores, diría.

El caso es que parece que lo de «la infancia», el rechazo a los niños, ha generado bastantes reflexiones al respecto. Los padres, o los que no siéndolo se sienten cercanos a esa realidad, han defendido a capa y espada una sociedad en la que estén incluidos los menores, por el bien común y porque sin niños nos extinguiríamos, o, seamos egoístas, no tendríamos pensión; frente a aquellos que no teniéndolos, o teniéndolos pero quizás asumiendo los tipos de hijos que tienen y buscando liberarse de ellos, han defendido el derecho de los adultos a disfrutar de sus vacaciones sin griterío y molestias varias derivadas de los juegos infantiles.

Es verdad que es muy poco frecuente encontrarse sitios en los que no dejen entrar niños, como también es verdad que cada vez hay menos niños, y que, obviamente, uno tiene derecho a tener en su establecimiento la oferta que considere, pero creo que lo que significa esa selección de clientes, y esa defensa de «solo adultos» es más un síntoma de la sociedad en que vivimos que el hecho en sí.

Un síntoma que tiene varias patas: una que muchos adultos han ‘decidido’ que su vida es mejor sin hijos –«este mundo es un horror, cómo voy a traer hijos a este mundo horrible, bla, bla, bla…»– y les parece –espóiler, se equivocan– que no teniéndolos cerca reafirman esa teoría; otra –desgraciadamente indiscutible – el nivel de infantilización general de muchos adultos incapaces de educar a sus hijos, dejándoles hacer de todo, que provoca un rechazo de los demás a tener cerca a esos «niños reyes» a los que no se les puede decir nada y campan a sus anchas (todos tenemos seguro alguna anécdota en primera persona); y la última que algunos llegan a creer que su mascota es su prole y, ciertamente, la controlan mejor, porque un animal no discute siempre que le des de comer y lo saques a paseo. O sea, una sociedad hedonista, nihilista y egocéntrica que solo es capaz de mirarse su ombligo sin pensar en que, sin niños, y me sabe mal, acabaremos por desaparecer. Porque uno puede elegir, por los motivos que quiera, no tener hijos, pero los niños forman parte de una sociedad. Ninguno existiríamos si una generación de adultos no nos hubiera soportado, ni cobraríamos una pensión si no hubiese ahora niños para cotizar dentro de veinte años. Y, por supuesto, no existiría la especie humana si todos pidiésemos y viviésemos «adults only ».

A todas estas, os advierto, que yo prefiero un «prohibido mascotas» y de eso no voy a poder librarme ni en la RENFE, pero eso ya es otro cantar, que ahora saldrán a criticarme los que llaman «hijo» a su caniche y ya la tengo liada. Por cierto, si el «hijo caniche» es cachorro, ¿se permitirá en los hoteles adults only?

Carmen Domingo-ethic




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