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Poemas
Marco Aurelio, 14 (1998)

  Ciudad escondida en su miedo

  Aún la luz colmando tantas flores

  Calles de mal pasar, aire sepulto

  Cuando el azul de las palabras

  Cada vez más profunda la niebla en los espejos

  Ya la retama, el azahar, el mirlo

  Desde un profundo espejo se aproxima

  Las manos claras de agua fresca

  De pronto es este olor a tierra fértil

  La puerta la cerraba un golpe oscuro

  Vinimos al silencio al que se nos llama

  Y deje la luz que se oscurece

  ¿También en mí sus manos cuarteadas?

  Tú que viniste en nombre de las flores

  Aunque no puedo verla, la siento muy cercana

  Fue todo un vivir cenital

  Alguien pasa nocturno y soterrado

  Cuánta penumbra en tanta luz

  Sucede mal silencio de légano reseco

  Y el tiempo fatigado ya en los ojos

  La ropa sólo nos desnuda

  La oscuridad golpea los postigos

  Tan inminente el último silencio

  Desnudos, espinas la piel

  Amor al buen decir de las campanas

  Enturbia la luz con sus ojos

  Cierro la puerta, cesan los relojes

  Con mala letra de ceniza

  Plaza mayor de vivos y de muertos

  Y cómo aquí los muebles de mis días de infancia

  En los recodos de la noche

  Cierra de golpe puertas y silencios

  Pero tú me abres todas las ventanas

  Entornada la puerta, luz suave en el vestíbulo

  Crujen espinas y piel muerta

  Blanco abismal refulge en todas las paredes

  Era un fulgor sereno su mirada

  Quemaron la luz del buen tiempo

  Digo cristales rotos en las manos

  Vuelve viscosos los espejos

  Su aroma en flor derrumba oscuridades

  La sólo escrita en letra clara

  Me asisten todavía tu voz y tu palabra

  Pon en este papel tu voz, tu nombre

  Fuiste lo complaciente de las flores

  Lejos, sin rostro conocido

  Primero fue un rumor suave de sombra

  Que ya no tema el pavor de la noche

Ciudad escondida en su miedo


Lectura grabada en Barcelona el 11 de mayo de 1999







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