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Semper dolens. Historia del suicidio en Occicdente
Ramón Andrés 11/2015



El suicidio, concebido durante muchos siglos, en la estela del pensamiento clásico, como un ejercicio de libertad, e incluso como una liberación, queda reducido, a la luz de la psiquiatría de las últimas décadas, a la mera patología mental. Sin embargo, tal reducción supone la simplificación de uno de los aspectos más decisivos de la experiencia humana: el dolor. Este extraordinario ensayo da cuenta, con delicadeza y hondura, de nuestra condición como seres humanos; de las distintas formas de nuestra fragilidad. “No hay, no puede haber teorías nuevas sobre el suicidio. Nos damos muerte por lo mismo que hace miles de años. Poner fin al dolor, bien sea moral o físico, acabar con el aislamiento, dar por concluido un camino dominado por la precariedad y lo adverso, no soportar el abandono, la injusticia, la vergüenza, el acoso, sucumbir al miedo atenazador de una guerra o de una epidemia, la confirmación de un diagnóstico temido, la incapacidad de asumir una pérdida familiar, haber sido violado, no tolerar la indiferencia ajena, el honor ofendido, sentirse excluido del mundo, verse cercado por el tedio, morir por venganza, decidir sin saber en el fondo la razón por la que se desea desaparecer, el inmotivado adiós, son situaciones, entreotras, que conducen a conjeturar la existencia. Es erróneo pretender, como así lo sugiere una significativa parte de la medicina psiquiátrica de las últimas décadas, que el noventa por ciento de los suicidios cuentan con una base patológica. Sería inocente dar por buena esta propuesta. Aceptándolo, no haríamos más que evidenciar un tenue conocimiento de nuestra condición, manifestar la ignorancia de la compleja trama de la realidad, de matiz incontable. Que el ser humano posea un nada desdeñable componente neurótico, evidente en su comportamiento desde la aurora de los tiempos, no significa que su existencia deba contemplarse bajo el estigma de la enfermedad. Se trata de una conditio, no de una patología. Ceñir este acto voluntario a una disfunción vendría a desenfocar las cosas y, de paso, induciría a reforzar la idea de que la medicina puede hacer frente a un fenómeno que en verdad obedece a un conflicto atávico. Otra cosa es que pueda paliar un estado depresivo, tratar una mente compleja, ser un eficazlenitivo contra una turbación y desarticular un mecanismo autodestructivo”. Ramón Andrés








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