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Amar a un extranjero
Agustín Calvo Galán 1/2015



En Amar a un extranjero, el primer cuaderno, de Münter, se compone de poemas en los que se alternan las voces de Gabriele y Vassily: la de este refiere instantes de la biografía compartida en Alemania; la de ella glosa o razona las impresiones contenidas en sus cuadros, que se indican al pie de cada poema. Son composiciones escuetas, cromáticas, impresionistas, oblicuas: los sentimientos no se refieren directamente, sino por medio de alusiones interrumpidas, de breves trazos expresivos, de elipsis y ecos. Pero la delicadeza de los retratos no surge de la nada, ni por casualidad, sino de un afilado uso de los recursos retóricos: aliteraciones, poliptotos, antítesis y anáforas dan sostén, entereza, a un conjunto cuya finura asombra tanto como su penetración psicológica. Así dice el poema basado en el óleo Stilleben am Fenster("Naturaleza muerta en la ventana"), de 1953: "Nada me cansa ya, ni podrá madurarse,// ni las fachadas en su envés,/ ni la inclinación de un árbol extenuado,// ni el sonido del acordeón// podrá caer, mudar a verde,/ ser/ una lámina opaca,/ ya nada me molesta en su interior". En el segundo cuaderno, el de Vieira da Silva, los poemas se espesan, se hacen más complejos y, valga la expresión, más textuales. También más ilógicos: la reflexión sobre el cosmos interior y exterior de la pintora se funda antes en una palabra que persigue sus sombras, sus honduras, que en una representación verbal de lo pintado, aunque esto nunca deje de enmarcar sensualmente el discurso. Se me antoja muy importante esa presencia constante de lo interior y exterior, que también está en el cuaderno de Münter, como si los poemas reflejaran el trasvase constante entre la subjetividad de las artistas y su formalización gráfica, como si los versos fueran penumbras -o claridades- arrancadas de las simas de una conciencia zarandeada por el exilio y la pasión. En el cuaderno de Maria Helena Vieira da Silva -muchas de cuyas composiciones estructuran asimismo las anáforas-, la contemplación, la incisión de la mirada, se convierte en pensamiento, en incisión de la inteligencia. Los colores cobran tintes filosóficos y, como llevados por este fluir menos instantáneo y más expositivo, abandonan por momentos la disposición versal y abrazan el poema en prosa, donde se deshilan -o enmarañan- en sutiles meditaciones sobre la naturaleza del yo y el ardor de la conciencia. Algunos poemas son óleos quietos; otros se abandonan a un fluir enumerativo, como un breve trajín de lava. Crónicas de Inglaterra (Blog de Eduardo Moga


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