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Distopía o realidad
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Distopía o realidad
  1/6/2026



N ovelas que en el pasado se presentaban como distopías ahora las podemos leer­ como nuestra realidad o casi como ella, por ejemplo, 1984 (1949) de George Orwell o ­Fahrenheit   451 (1953) de Ray Bradbury. Parece que los mejores predictores de futuro son quienes escriben historias de ficción.

No obstante, ahora, novelas que se promocionan como distopía, justo cuando las leemos, nos pueden parecer casi tan reales como la vida misma. Eso tal vez ocurre porque los cambios se producen actualmente a una velocidad vertiginosa o tal vez porque ni siquiera fueron escritas con voluntad de distopía.

La primera explicación podría aplicarse a El cuento de la criada de Margaret Atwood. En 1985, Atwood narraba la historia de Gilead (Estados Unidos), un país teocrático en el que las mujeres no tienen derechos y están divididas en castas, la más baja de las cuales es la de las criadas, obligadas a reproducirse para hombres poderosos. Y, de pronto, en marzo del 2026, el vídeo de Trump en el despacho oval con pastores y líderes religiosos ofreciendo una oración por él, o el de Hegseth, secretario de Defensa, invocando a Dios para justificar acciones militares, acercan cada vez más ese país al cuento de la criada. Y, desde luego, los vientres de alquiler de mujeres pobres que sirven para alimentar los deseos de reproducción de personas con economías desahogadas, también.

Ahora, novelas que se promocionan como distopía, nos pueden parecer casi tan reales como la vida misma
La segunda explicación cuadra mejor con Manía (2024) de Lionel Shriver. En ella, se describe una sociedad en la que se ha impuesto la idea de “paridad mental”, es decir, se considera que todos los ciudadanos tienen la misma inteligencia, medir la inteligencia está prohibido, sugerir que existen diferencias individuales se enjuicia como discriminación, y llamar a alguien “tonto”, un delito de odio.

El parecido con nuestra sociedad resulta, como mínimo, sorprendente. La novela denuncia, por un lado, el rechazo de la realidad material (datos), sustituida por la subjetividad individual o por el consenso social (soy tan lista como Marie Curie). Denuncia también el relativismo: todas las perspectivas son igualmente válidas, por lo que no hay verdades universales. Pone de manifiesto la construcción de un neolenguaje (no hay personas con menor nivel cognitivo, sino personas con “procesamiento alternativo”) y se impone lo que se puede decir y lo que no. Por último, Shriver critica la igualación artificial de capacidades, que niega las diferencias entre individuos y que promueve una igualdad que no se sostiene. Léala y decida.


Gemma Lienas -Lavanguardia




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