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¿Quién está ahí enfrente?
  31/3/2024



L a literatura muestra que el espejo no solo refleja la realidad, sino que también nos abre puertas a lugares perturbadores.


A los seres humanos les fascinan los inventos de los seres humanos, y por eso hay dioses, patrias y centros de yoga por todas partes. En los tres casos el invento se nos ha acabado yendo de las manos, pero existe un cuarto caso aún más inquietante.

Hace seis mil años alguien inventó el espejo. No el reflejo, reflejar está al alcance de cualquier charco, sino el objeto que refleja una luz casi idéntica a la de la señal original. Poco a poco el espejo se ha convertido en el único objeto metafísico que rodea a la Humanidad, capaz al mismo tiempo de generar corrientes filosóficas fundamentales, como la mímesis, de crear mundos paralelos, de protagonizar seductoras leyendas o de encarnar a nuestra propia conciencia. Los escritores se han devanado los sesos intentando averiguar si es el espejo el que se divierte con nosotros o somos nosotros quienes nos divertimos con el espejo. Y aún más: ¿cuándo empiezan a salir las primeras grietas y todo deja de ser divertido? La relación entre la Literatura y los espejos ha sido durante centenares de años fecunda, hermética y turbia, y en muchos casos los autores más sinceros han reconocido su derrota: “Jamás, a sabiendas”, escribió Rilke, “todavía se ha dicho / lo que en vuestra esencia sois”.

Hablamos con Juan Tallón. Es conveniente tenerle cerca cuando se tratan ciertos temas. “La literatura difícilmente puede concebirse sin objetos”, me dice. “Las historias necesitan elementos inanimados, algunos de los cuales, a veces, adquieren estatus de personaje. Y, en este sentido, el espejo no es un objeto cualquiera. Posee características, capacidad evocadora y poderes tan fascinantes que difícilmente puede ser solo decorativo”.

Hace trece años, un psicólogo llamado Giovanni Caputo, de la Universidad de Urbino, pidió a cincuenta personas que se quedaran mirando fijamente su propio reflejo en el espejo sin apartar los ojos. A priori, un experimento inofensivo. Solo a priori: al cabo de unos treinta segundos empezaron a suceder fenómenos extraños: el sesenta y seis por ciento de los sujetos informaron de que su rostro sufría grandes transformaciones y se convertía o bien en el de sus padres o bien en caras desconocidas (de mujeres ancianas y de niños, sobre todo); casi la mitad de las personas, además, dijeron que al espejo se estaban asomando monstruos fantásticos. Pero eso no fue lo más inquietante. Un minuto más tarde de iniciado el experimento, la mayoría de los sujetos afirmaron que se sentían otros, literalmente: tenían la alarmante sensación de que una persona diferente a ellos les estaba mirando desde el espejo. Empezaron a dar señales de terror.

Un inciso para hablar de mis abuelitos. Mis abuelitos eran encantadores, pero quiso la mala suerte que vivieran en un edificio que reunía todos los ingredientes para ser tétrico: un inestable ascensor de hierro, techos altísimos, apliques de castillo medieval y un portero que se llamaba Críspulo. Aunque lo peor de aquel edificio eran los dos enormes espejos de la portería, enfrentados desde paredes opuestas. Sus marcos dorados relucían a la luz de los apliques. Recuerdo el día (era sábado por la tarde) en que me percaté con horror de que si me colocaba sobre cierta baldosa mi imagen se multiplicaba hasta el infinito. Fue una visión totalmente inadecuada para un niño: de repente los espejos ya no eran espejos, sino desolados pasillos sin fondo que estaban habitados por una fila interminable de criaturas idénticas a mí, pero que no eran yo. ¿Cómo podían ser yo? Yo estaba en la portería, ellos en una pesadilla. No se trataba de una broma como los espejos cóncavos del Tibidabo. Mientras subía en el ascensor me pregunté si aquellos niños seguían ahí cuando yo no estaba.

Nos miramos al espejo entre diez y quince veces cada día, excepto  Michel Houellebecq, que son muchas menos. Si vives ochenta años, te habrás mirado en el espejo más de trescientas mil veces. La mayoría de ellas no sucederá nada. “Cada día nos hundimos algo más / en su agua lisa”, escribió Roberto Juarroz. “Hasta que cierto día / el exceso de naufragio / rompa desde adentro el espejo”. No es un naufragio anunciado. Un instante cualquiera te apostas ante tu reflejo, recuerdas el dicho “eres más aburrido que un ascensor sin espejo”. Ensayas muecas, hinchas los carrillos, aseguras con cara de matón que España se rompe. Es de noche, tienes tiempo para payasadas. Descubres una cana nueva, te diriges unas palabras afectuosas. Pero las cosas están a punto de ponerse feas. Crees que estás seduciendo al espejo, cuando en realidad el espejo te está seduciendo a ti. Deberías haber leído Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges, en lugar de El tiempo entre costuras, de alguien: “Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso”. Poco a poco tus muecas y tu cana dejan de pertenecerte. El instinto de supervivencia te advierte de que esto te viene grande y te sugiere que desvíes la mirada hacia los objetos que te anclan a ti mismo, el cepillo de dientes, el peine, una goma del pelo. Hazle caso, porque tu imagen ya ha dejado de ser un lugar reconocible y ahora es ese bosque que el crepúsculo puebla de extraños gruñidos. Cuando huyas derrotado, no mires atrás; no sea que tu imagen se esté riendo.

¿Conócete a ti mismo? Ni hablar, en la inopia se vive mucho mejor. Nada es lo que parece, y dado que el espejo es un reflejo del todo, se convierte en un instrumento monstruoso. Porque, por si fuera poco, jamás se rinde, solo se divide. Sin llegar a los extremos del heresiarca de Uqbar («los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres»), los espejos son una ventana abierta a las cavernas donde habita nuestro auténtico yo, una visión probablemente embarazosa. Por eso no son, ni mucho menos, monopolio de la Literatura: el triste destino de Narciso, enterrado por su  captotrofilia; el espejo como infalible delator en la  filmografía vampírica; la hermosa Aria de las joyas de Fausto; los espejismos, antesala de la cruel muerte por deshidratación; los espejos de las ferias, que Orson Welles transformó en laberinto mortal; los espejos de los baños, que tantas alegrías ha dado al cine de terror; el truco del espejo en uno de los mejores gags visuales de todos los tiempos, el de los Marx en Sopa de ganso; el sorprendente reflejo de Felipe IV y Mariana de Austria en Las Meninas; las brujas de Tesalia, que escribían sus oráculos en espejos, o sea, especulaban; los famosos siete años de mala suerte, porque siete años era el tiempo que, según los romanos, tarda el cuerpo en regenerarse; la ternura breve de los mensajes de amor escritos con pintalabios rojo.

No es arriesgado asegurar que el espejo, junto con la cama, es el mueble más utilizado en la Literatura. Pero mientras la cama suele ser contemplada desde una perspectiva más bien prosaica, el espejo permite infinidad de interpretaciones, alegorías, vanidades, metáforas y oscuridades. No siempre. En demasiadas ocasiones el espejo es un flojo recurso descriptivo: «Carlota avanzó hasta la cómoda», escribirá un Premio Planeta al que nadie, salvo Hacienda, recordará al cabo de cinco años, «y se miró en el espejo. Este le devolvió la imagen de una mujer que sabía lo que quería, guapa y con suficiente encanto para embelesar a cualquiera». Lo hemos leído centenares de veces en novelas mainstream (y lo leeremos millones de veces cuando la inteligencia artificial escriba las novelas). Pero el  espejo solo funciona cuando refleja el alma del argumento, no la indolencia del autor. No es preciso irse al callejón del Gato para encontrar buenos ejemplos. En Solo humo, su última novela (2023), Juan José Millás escribe: “A medianoche, Carlos se despertó y salió de la cama con sigilo para dirigirse al cuarto de baño. Allí observó su reflejo en el espejo y le preguntó: “¿Sí?” El reflejo hizo un levísimo gesto afirmativo con la cabeza y regresó a su función de duplicado”. El espejo no es gratuito: para mostrar el desdoblamiento que sufre el cerebro del protagonista, Millás puebla su cotidianidad de seres propios de los cuentos de hadas.

Otro ejemplo: un escritor tan poco dado a la superficialidad como Milan Kundera utiliza el espejo en La insoportable levedad del ser: el personaje de Teresa se mira en su reflejo y se pregunta qué pasaría si su nariz se alargara un milímetro cada día. Parece una banalidad, hasta que aparecen las primeras preguntas. ¿Al cabo de cuánto tiempo su rostro se volvería irreconocible? Y si su rostro no se pareciera a ella misma, ¿seguiría siendo Teresa? En este caso, el espejo permite reflexionar sobre el principio y el fin del yo.

En la recopilación titulada A través del espejo (Atalanta), Andrés Ibáñez recogió en 2016  una selección de textos de ficción y ensayo que cuentan con el espejo como protagonista: Rilke, Ovidio, Poe, Valera, Lugones, Woolf, Borges, Chesterton, Lovecraft… Una lista exquisita que uno, inevitablemente, lleva a su terreno para elaborar un top five de espejos. Es personal y más de uno no estará de acuerdo. Pero elaborar top fives es divertido. De libros, de restaurantes de sushi, de besos. De frases repugnantes de Isabel Díaz Ayuso. Etcétera.

En el número 5: el espejo del cuento El extraño, de Lovecraft, publicado en 1926. El protagonista es un ser miserable, desmemoriado y solitario (tal vez un vampiro) que habita en las profundidades de un castillo. Decide romper su enclaustramiento y vaga por el exterior hasta que llega a otro castillo, donde se celebra una fiesta. Cuando entra, todo el mundo huye despavorido. El extraño ser no comprende por qué hasta que se acerca a lo que parece una puerta y frente a él aparece una figura “de rasgos carcomidos, ojos vítreos, huesos que se entreveían y una repulsiva reminiscencia de formas humanas”. El ser intenta tocar a la criatura y huye horrorizado al percatarse que la puerta no es tal, sino “la fría e inexorable superficie del pulido espejo”. El cuento es aterrador, y dado que la Literatura se construye sobre un firme hilo conductor, cabe la posibilidad de que Lovecraft leyera a Hawthorne, que había escrito casi un siglo antes sus Fragmentos del diario de un hombre solitario: un hombre sueña que camina con una mortaja fúnebre hasta que comprende el horror que causa a su paso cuando se ve en un escaparate. Y no olvidemos que el monstruo de Frankenstein comprende por qué todos huyen de él cuando contempla su reflejo en un estanque.

En el número 4: el Mirall trencat (espejo roto) de Mercé Rodoreda, una novela de madurez que recoge la vida de tres generaciones de la familia de los Valldaura. El espejo es aquí un observador paciente del paso del tiempo que finalmente se romperá como símbolo de la muerte de la familia. ¿Qué es un espejo sin nada que reflejar? En uno de los capítulos finales, cierto personaje se cae llevando un espejo en la mano. Cuando lo mira, solo quedan pedazos. Los recoge pacientemente y los encaja en su sitio: “Y, de pronto, en cada fragmento de espejo vio años de su vida en aquella casa”.

El poema Caminos del espejo de Alejandra Pizarnik ocupa el número 3. “Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto”. Pizarnik y sus espejos merecerían un artículo aparte.

En el número 2 se reflejan los hermanos Grimm, creadores de uno de los objetos más famosos de la historia: el Espejo Mágico de Blancanieves. Lo cual nos lleva a un chiste muy bueno:

—Espejito, espejito —pregunta la reina—, ¿quién es la más guapa del reino?

—A ver —responde el espejo—, ¿tú estás bien de salud?

—Sí, claro.

—Pues eso es lo importante.

El chiste corrompe la caracterización de los Grimm, ya que si algo caracteriza al Espejo Mágico es una sinceridad a prueba de bomba, sinceridad que desencadenará la venganza de la malvada reina. El espejo de los Grimm nunca extiende fakes. La verdad está por encima del deseo. Por desgracia, los tiempos han cambiado, y siglos más tarde una listísima J.K. Rowling transformará el Espejo Mágico en el Espejo de Oesed, mucho más aterrador: el deseo está por encima de la verdad.

Y llegamos al número 1: es pintura, pero también literatura. Inquietud, profundidad, belleza… El padre de todos los reflejos. Todo el mundo lo ha visto, pero aquí va: el cuadro de René Magritte La reproducción prohibida muestra la espalda de un hombre frente a un espejo. El reflejo no muestra la cara de ese hombre, como sería lo lógico, sino de nuevo la espalda. Y antes de que nos estalle la cabeza intentando comprender por qué los humanos somos incapaces de ver nuestro rostro real, bajemos la mirada: en la repisa bajo el misterioso espejo reposa un ejemplar de la novela de Edgar Allan Poe La narración de Arthur Gordon Pym.

En definitiva, seis mil años después de su aparición los espejos siguen siendo como el amor o los dragones de Komodo: puedes intentar domesticarlos, pero seguro que ellos tienen otros planes.



Carlos Luria - Librújua




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