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urante el Mundial de Fútbol 2026 la senadora paraguaya Celeste Amarilla publicó en redes sociales mensajes gravemente insultantes contra el jugador Mbappé después de la eliminación de Paraguay por la selección francesa. Lo llamó “camerunés colonizado” –Mbappé es francés, nacido en París y de origen camerunés–, “nuevo rico” y “prepotente”. Y, luego, ya soltándose el pelo, en una muestra de racismo escandaloso, apuntó hacia él como “un bruto, que no aprendió ni a escribir, que en vez de leche materna chupaba cocos y que lo más instruido que escuchó eran chimpancés”.
Cuando la senadora compara a Mbappé con un chimpancé, lo está animalizando, es decir, deshumanizando. La deshumanización es un proceso psicológico por el que se niegan atributos humanos a un individuo; lo que equivale a situarlo en una categoría inferior, para así poder justificar la agresión o cualquier otro comportamiento inadmisible. Quienes animalizan al otro, lo contemplan como menos racional y también menos digno de consideración moral, por lo que piensan que se puede operar sobre él a conveniencia. Esa falta de racionalidad la traducen en expresiones tales como “salvajes, primitivos, incivilizados…”. Esos fueron los argumentos que permitieron la esclavitud en un pasado que deberíamos tener muy presente.
En ese proceso de deshumanización también se les suele atribuir una delincuencia estructural, esto es, inherente al grupo al que pertenecen, en lugar de considerar una conducta criminal determinada como un hecho individual. Por ponerles un ejemplo, tengo cerca de mí a un adolescente catalán de origen etíope, que ha constatado en más de una ocasión cómo comerciantes cierran las puertas de sus tiendas si ven que él se aproxima. Y no, nunca ha cometido un delito, es un buen estudiante y mejor persona, pero algunos vendedores hacen recaer sobre él su recalcitrante racismo. Esa negación de la dignidad de una persona es patente en Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, que narra la infancia y la adolescencia de la autora, Maya Angelou, en el sur segregado de EE.UU., donde el racismo es estructural.
La deshumanización se ha utilizado a lo largo de los siglos con aquellos grupos humanos a los que se ha pretendido subordinar, por tanto, no sólo con las personas negras sino también, por ejemplo, con las mujeres. De ahí llamarlas: zorras, perras… Puedo ponerles otro ejemplo: una mujer joven cercana a mí, catalana de origen boliviano, va a efectuar sus prácticas de enfermería a un sociosanitario. En cuanto la ve, el psiquiatra del centro le suelta: “Anda, otra zorrita”. Ella, una mujer educada, trabajadora, empática y guapa, se queda sobrecogida por el insulto. La deshumanización se ha utilizado con los grupos humanos a los que se ha pretendido subordinar Cosificar es otra forma de deshumanizar. A los prisioneros de los campos de concentración se les daba un número, que les anulaba la identidad. Ya no eran un hombre o una mujer sino solo una cosa. Lo mismo ocurría con los esclavos, a quienes se cambiaba el nombre por otro que decidía el “amo”. Volviendo a la joven enfermera de antes, ella también tuvo una profesora en primaria que nunca logró recordar su nombre –uno muy común– mientras que el de las niñas blancas nunca se le olvidaba. Hay un libro de Marilar Aleixandre, Las malas mujeres, que cuenta el destino que esperaba en el siglo XIX a las reclusas de la cárcel de mujeres de A Coruña. En él se puede constatar hasta qué punto eran humilladas, tratadas como seres de segunda, aquellas que el sistema no consideraba que fueran buenas mujeres.
En cualquier caso, Mbappé no se quedó callado frente al racismo de la senadora: “Usted es una mujer despreciable e indigna de su cargo. No representa a Paraguay”. El futbolista tiene razón, la mujer es despreciable por lo que dice, pero, además, por su comportamiento racista no es digna de ocupar un puesto de representación pública.
Y lo peor fue el contraataque de la senadora: “¿Quién sos vos para tratarme de indigna o despreciable? Violencia de género pura y dura”.
No, senadora, la respuesta de Mbappé no es violencia machista, y usar una ley torticeramente, como hace usted, es un flaco favor a las víctimas reales. En España, solo poniendo el foco en las asesinadas, nos da un resultado de 57 en lo que va de año. (Feminicidio.net)