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Cuando Cela aglutinaba a escritores y artistas
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Cuando Cela aglutinaba a escritores y artistas
  26/7/2026



E ste 2026 cumpliría setenta años ‘Papeles de Son Armadans’, la revista cultural que impulsó el futuro Nobel en Mallorca con vocación de puente entre las voces de España y las del exilio

El capítulo 28, “Club Cela”, de la espléndida novela En la ciudad sumergida (2010) de José Carlos Llop se inicia así: “Cela llega a Palma a los treinta y ocho años para escribir una novela de encargo y se marchó a los setenta y dos, detrás de lo que mi madre llamaría unas malas faldas”. En efecto, Cela llegó a Mallorca para cumplir con la escritura de La catira (1955), novela que le había encargado el dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez, a cambio de una sustanciosa remuneración. En la isla creó una revista, Papeles de Son Armadans , “de un refinamiento insólito en la España de entonces y que poco tenía que envidiar a las grandes revistas de literatura de Francia o Inglaterra” (Llop).

En Palma abrió una espléndida época de madurez que tiene como plataforma los Papeles , pero no solo, porque Cela con inaudita inteligencia y astucia galaica forjó las “Jornadas europeas” en el Círculo Mallorquín (con la presencia de Ramón Menéndez Pidal), las “Conversaciones poéticas de Formentor” y el premio internacional de novela Formentor, tras el primer “I Coloquio sobre novela”, celebrados todos a finales de la primavera de 1959. Y además convirtió, a la sombra de Bellver –los barrios de Son Armadans, El Terreno y La Bonanova– los encuentros y las conversaciones, que a menudo desembocaban en las “estafetas de diversión” (el sintagma es de Llop) de El Patio, Tito’s o Mónaco, en la mejor vida cultural de Mallorca.

Cela oxigenó la literatura y las artes españolas de las décadas en las que vivió mensualmente Papeles, al mismo tiempo que recorría, con meticulosidad y cuidado, el camino hacia el Nobel, ayudado por los infatigables quehaceres de Charo Conde y del “estado mayor” de la revista, en el que los nombres de Caballero Bonald, Porcel, Llompart, Encarna Viñas, Miguel Nicolau, Sergio Vilar, Fernández Molina, González Corugedo y Mabel Dodero ( “la secretaria de Camilo que regía todo con inusitada eficacia” según atinada referencia de Carlos Barral, cónsul de Papeles en Barcelona) fueron imprescindibles.

En 1986, Cela contestando a una entrevista del suplemento de cultura de El Día de Baleares decía: “Era una revista liberal, intelectual y abierta. Y mallorquina, no hay ninguna duda: nació aquí”. En efecto, esa revista liberal, tolerante, con vocación de puente entre las voces que vivían en España y las que peregrinaban por las Américas, y con voluntad polifónica atendiendo a las culturas peninsulares, salió a la calle en abril de 1956.

La historia cultural del franquismo no ha tenido suficientemente en cuenta el relevante papel de Cela como mediador y agitadorEl ademán tenía que ver con la regeneración espiritual y artística que Cela ejemplificaba en los intelectuales y escritores del 98: “la lección de los hombres del 98 sigue en pie y válida, tanto en lo literario como en lo trascendente”, había sentenciado Cela en la conferencia que dictó en “Conferencia Club” –salones del Hotel Ritz– en Barcelona el 30 de noviembre del 55 y que habría de repetir en varias ocasiones durante 1956.

La historia cultural de la España franquista no ha tenido suficientemente en cuenta el relevante papel de Cela como mediador y agitador, cuyo factor más importante es, sin duda, Papeles de Son Armadans . Conviene recordar en este sentido que lo que logró en Mallorca tiene antecedentes, de mucha menor envergadura y que, desde luego, no culminaron como la empresa mallorquina. El primer intento tiene como soporte las Ediciones del Zodíaco, propiedad de Carlos F. Maristany, donde Cela publicó Pisando la dudosa luz del día (1945) y la cuarta edición de La familia de Pascual Duarte (1946).

 Cela trató, sin conseguirlo, de poner en marcha Cuadernos del Zodíaco en el verano del 44. Meses después, en la primavera del 45, quiso fundar Pórtico , lo mismo que a comienzos del 46, con el soporte de la efímera editorial Cuatro Pliegos una revista del mismo nombre que la editorial. El cuarto intento infructuoso, comenzado a fraguar en el verano del 46, fue el que Cela preparó con mayor rigor. Era la Revista de Madrid , de periodicidad quincenal y bajo su dirección.

El segundo recordatorio tiene que ver con la fidelidad de su relación con Juan Aparicio, quien fuera su protector inicial, quien estaba convencido de sus excepcionales dotes de escritor, quien le facilitó el carnet de periodista, quien puso a su disposición las columnas de todas las revistas y diarios que fundó o que dirigió, quien le financió los viajes que tuvieron como resultado final Del Miño al Bidasoa (1952) y Primer viaje andaluz (1959). Este factótum del periodismo franquista fue fundamental en la puesta en marcha de Papeles . La correspondencia entre el político y periodista andaluz y el escritor gallego pormenoriza esos primeros pasos de la revista, que tienen tres indicadores importantes.

El primero se sitúa en enero del 56. Aparicio concede el permiso para Papeles . Cela se lo agradece, añadiendo que “mis Papeles , aún en su modestia, han de prestar un buen servicio a la cultura española y a ello encamino toda mi actividad presente” (25-I-1956). Parte de esa actividad fue ponerse en contacto con Francisco Soriano Frade, delegado en Palma del Ministerio de Información y Turismo y persona de estricta confianza de Aparicio. Cela le expone lo pactado con Aparicio en Madrid: la censura de la naciente revista se efectuaría en Madrid. Aparicio da el visto bueno y Cela confía en sus contactos con la censura.

Segundo indicador. El 15 de marzo, Cela le manda el material del primer número: los textos y las xilografías de las viñetas. Con respecto a la obra de Alfonso Sastre, le aclara que “el drama Muerte en el barrio voy a darlo en dos números, si bien te lo incluyo entero puesto que me parece más conveniente hacerlo así, a que lo veáis fragmentado”. El primer número ya estaba ante la censura nacional, que rechazaría de plano el drama de Alfonso Sastre. Sin conocer tal censura, Cela le escribe a Aparicio (28-III-1956): “Pensando, pensando, he llegado a una conclusión que –caso de ser aceptada por ti– sería óptima para mi intento: que me nombres censor de Papeles de Son Armadans ”. 

En defensa de esa conclusión aduce una serie de motivos, que autodefinen su personalidad. Se trata de un decálogo que sintetizo con laconismo: ha sido censor con Aparicio, tiene el carnet de prensa, posee el carnet de FET y de las JONS, se considera moderado, paciente y responsable y “en todas las dudas, consultaría contigo antes de decidir”. La pretensión de Cela no se cumplió. Ya recibida la censura del drama de Sastre, Cela manda en su sustitución el artículo de Gregorio Marañón, “Academias toledanas en tiempo del Greco”, que la censura aprueba con inusitada rapidez.

Desde el principio, ‘Papeles’ fue un remanso de paz para que las letras y las artes dialogaran y educaran la sensibilidad colectivaTercer indicador. El 9 de abril le escribe a Aparicio, comentándole: “ Papeles de Son Armadans han nacido, yo creo que con bien”. Naturalmente, Aparicio es suscriptor de honor. Cela, atendiendo a la gestión de los dos primeros números y la censura en Madrid y aceptando la imposibilidad de ejercerla él, cambia de opinión y le pide a Aparicio (25-IV-1956) que “aún con todos los riesgos es preferible que pase aquí la censura, ya que el tiempo que me hacen perder los correos es excesivo para mi rudimentaria organización”. Aparicio, tras viajar a Mallorca a mediados de mayo, aceptó el cambio de parecer de Cela, cuya verdadera motivación tenía que ver con el fracaso de sus maniobras para ser el censor de Papeles y garantizar totalmente su independencia, por la que tuvo que bregar sucesivamente, mes a mes.

El primero de enero de 1956, Cela había escrito a su amigo, el profesor y crítico Antonio Vilanova: “Desde Mallorca, donde el sosiego y la perspectiva son mayores, voy a lanzar mis mensuales y tímidos y honestos PSA ”. Nótese: el sosiego y la perspectiva como característicos del enclave mallorquín desde el que abordar la regeneración antes referida. Reflexión que Cela lleva al penúltimo párrafo de “ Algunas inevitables palabras”, que abren el primer número de Papeles .

Lorenzo Villalonga, Dhey, el 8 de febrero, desde su habitual colaboración en Baleares informaba de los escritores mallorquines que rodeaban a Cela y que formaban su cenáculo: Vidal Alcover, Sureda Molina, Miquel Pons, Moyá Gilabert… Falta en el artículo de Dhey la mención de dos nombres clave en los inicios de la revista: Josep Maria Llompart, primero gerente y luego secretario y subdirector, hasta que Cela lo cesó por cuestiones económicas el 7 de setiembre de 1961. 

Y Lluís Ripoll quien dio las noticias primeras de la revista en el semanario Destino del 25 de febrero de 1956, y que treinta años después recordaba: “Yo estuve muy vinculado a la revista que fundó, dirigió y cuidó amorosa y tercamente, CJC. Y lo estuve por razones obvias; por haber sido su impresor. O mejor dicho, la imprenta Mossèn Alcover, que yo dirigía […] Papeles ha dejado tipográficamente hablando una bellísima colección de volúmenes, que no porque estén tan cerca de mi labor, dejo de decir que me enorgullece”. Ripoll fue el alma de las cuidadísimas ediciones de la revista, si bien el propio Cela atendía con esmero a la calidad estética de Papeles .

Debe subrayarse que Cela sintió honda tristeza en el verano del 70, cuando se imprimió el número del mes de julio, que fue el último que se compuso a mano. “Cuando aquello sucedió –escribe en noviembre del 71– pensamos muy en serio en matar la revista y poner punto final a una empresa romántica”. No obstante, pese a ser un “paso inevitable” la revista siguió adelante y unos meses después, tras reunirse con Ripoll y su equipo para seguir manteniendo la amistad, Cela anota: “Hoy decimos adiós a la imprenta de Mossèn Alcover. Ya no trabajaremos con En Lluís Ripoll, su dueño, ni con En Joan Moll, su regente, ni con los viejos y escasos tipógrafos que han preferido no desertar del oficio y no cambiar la artesanía –pobre, pero honrada, al igual que las heroínas de los novelones que hacían llorar a nuestras abuelas– por el maquinismo falsamente brillador y, de cierto, amargo, anónimo e impersonal”.

Cela perfiló la naturaleza de Papeles (sol con rostro humano) desde el primer número hasta el final de la aventura, que supuso para la cultura española un enclave de independencia, libertad y cosmopolitismo. Quizás el texto que mejor sintetiza dichas consideraciones lo publicó al cumplir la revista veinte años. “Veinte años al fresco” (abril, 1976) es una reflexión madura y cautelosa, que incluso sabe que su tribuna liberal, “abierta a todos, excepto a la incomprensión y al mesianismo” (según le escribía a Dionisio Ridruejo el 24 de octubre del 74), está atravesando momentos muy difíciles desde el punto vista económico. La “orgullosa revista de literatura y pensamiento” no ha cambiado el rumbo desde 1956, por tres razones que son el espejo de su carácter y naturaleza.

Primera. La revista ha luchado siempre por la independencia del escritor, la vivificación de las lenguas españolas ajenas al castellano y la reincorporación de los exiliados a la expresión de la cultura intramuros.
Segunda. En su trayectoria de veinte años está latente lo que ahora puede expresar y lo más conveniente para España: “la democracia y su secuela, el respeto a los derechos humanos, la amnistía, el bicameralismo, etc.”
Tercera. Papeles no ha sido una revista de combate, sino un remanso de paz para que las letras y las artes dialoguen y eduquen la sensibilidad colectiva.

En este mismo editorial anticipa algunos aspectos de la financiación de la revista, a los que aludirá con mayor detalle tres años después en “Palabras para una despedida” (marzo, 1979). Cela confiesa que la revista “vivió siempre de precario”, lo que a buen seguro fue el motivo de no pagar muchas colaboraciones. En este sentido, la correspondencia entre dos críticos habituales de Papeles , Guillermo de Torre y Ricardo Gullón contiene detalles sustanciosos. De Torre publicó once artículos en la revista mallorquina entre 1957 y 1967. Gullón publicó diecinueve colaboraciones a partir del primer número y hasta 1968. Precisamente, en febrero del 56, Gullón escribe a Guillermo de Torre elogiando la revista. Meses después, Gullón le comunica (25-X-1957) que la revista le gusta, “pero no me parece bien, en principio, el que no pague”, a lo que un mes más tarde (29-XI-1957) Guillermo de Torre le contesta. “Tienes razón en lo que dices. Es una inmoralidad no pagar”.

Al margen de los quehaceres literarios que la revista llevo a cabo, Papeles , con los materiales que Cela escribió para sus editoriales, sobre todo durante el primer quinquenio, desnudó la ética estética de su personalidad. A esta luz debe entenderse el anuncio que le hace al periodista chileno Vicente Urbistondo en El Mercurio (Santiago de Chile, 22-XII-1968): “Mi pensamiento político se encuentra en una serie de editoriales de Papeles de Son Armadans . Lo voy a recoger en un libro que se llamará Al servicio de algo ”.

 En efecto, el libro lo publicó Alfaguara en 1969, y el curioso lector echará en falta algunos editoriales primeros y muy importantes que no se agavillan, tales como los de los números de julio y agosto del 56, “Sobre la soledad del escritor” y “Acerca de la independencia del escritor”. Cela los había anticipado en la última parte de Cuatro figuras del 98 y otros retratos y ensayos españoles (1961). Señal inequívoca de la tradición en la que querían inscribirse.

El itinerario de la revista ofrece, sobre todo en los sesenta, un amplio número de monográficos, en la línea de los primeros: Joan Miró (diciembre, 1957), Vicente Aleixandre / Dámaso Alonso (noviembre, 1958), Gutiérrez Solana (diciembre, 1958), El Paso (abril, 1959), Ramón Menéndez Pidal (junio, 1959) y Homenaje a Gaudí (diciembre, 1959). Todos son de una inaudita belleza, calidad sobresaliente y por el valor que tienen de espejo de los quehaceres, las meditaciones y las inquietudes de Cela. En el dominio de las artes importan los números dedicados a Picasso (abril, 1960), Tàpies (diciembre, 1960), Ángel Ferrant (febrero, 1961) o John Ulbricht (junio, 1965); en el de las letras los homenajes a Gregorio Marañón y Carles Riba (marzo y setiembre, 1961), Alberti (julio, 1963), Valle-Inclán (octubre, 1966) o Rubén Darío (agosto-setiembre, 1967). También de la misma década son los números sobre Mallorca (mayo, 1960), Conversaciones poéticas de Formentor (diciembre, 1960) y La familia de Pascual Duarte (enero, 1968). Territorios que ha documentados la reciente tesis doctoral de Lourdes Regueiro.

En el espacio de las artes (especialmente la pintura), Cela contó con la colaboración imprescindible de Cirlot (sus trabajos en Papeles son extraordinarios), Vicente Aguilera Cerni, José Corredor Matheos, Cesáreo Rodríguez Aguilera y Eduardo Westerdhal. En sus artículos se puede detectar la intrahistoria del arte de español de esos años.

Imposible resulta mencionar todas, magníficas, las colaboraciones literarias. Cela privilegió a los escritores del 27: Alberti, Aleixandre, Dámaso Alonso, Altolaguirre, Max Aub, Francisco Ayala, Bergamín, Cernuda (de especial interés), Gerardo Diego, Domenchina, Guillén, Prados, Concha Mendez o María Zambrano. De su generación ocuparon Papeles : Luis Rosales, Vivanco y Zamora Vicente. Bousoño, Celaya, García Nieto, Hierro, Blas de Otero, Ridruejo, José María Valverde también pisaron la revista. Los escritores de medio siglo XX fueron el otro capítulo distinguido: Barral, Crespo, Ferrán, Gil de Biedma, José Agustín y Juan Goytisolo, Claudio Rodríguez o José Ángel Valente. En el último tramo de la revista colaboraron, entre otros, Gimferrer, Ana María Moix, Luis A. de Villena, Llop y Enrique Vila-Matas, quien dio a luz un fragmento de su novela Fatalidad .

Las cuidadas páginas de Papeles acogieron firmas importantes de las letras catalanas y gallegas: Carles Riba, Espriu y Celso Emilio Ferreiro son un buen ejemplo. Y, por último, un proyecto que no llegó a buen puerto: Gabriel Ferrater pudo haber sido jefe de redacción en 1959. Las labores de crítica literaria de Leopoldo de Luis, Castellet, Gullón, Sobejano, Guillermo de Torre o Vilanova son ejemplares. Es un deber reconocer (reconocimiento incompleto) a la revista que ahora cumpliría setenta años.



Adolfo Sotelo Vázquez-Lavanguardia




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