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  nº35 /  6 de marzo de 2009  

Serrat Crespo: “Un buen libro extranjero se publica siempre subvencionado por el sudor y las lágrimas de su traductor”

 
Manuel Serrat Crespo
Foto:Carme Esteve

¿Por qué son tan importantes iniciativas com la de “Barcelona, ciudad de la traducción”, organizada por la ACEC y la AELC?

Sencillamente porque contribuye a poner de relieve la idea de que muchos de los autores que nos interesan no escribieron sus obras en una lengua que nos resulte inteligible y de que, por lo tanto, el esfuerzo y la sensibilidad del traductor literario son decisivos pues, sin su trabajo, la “literatura universal” desaparece.

¿El traductor literario no acostumbra a estar incluido en la programación cultural de Barcelona?

No, el traductor literario es, siempre, el farolillo rojo de cualquier paripé literario y, por lo tanto, su presencia en las programaciones literarias es en verdad excepcional. Sintomaticamente, es posible leer estudios eruditos o escuchar programas de radio o televisión sobre determinado autor extranjero sin que se mencione, ni una sola vez, si siquiera en los créditos, el nombre del traductor cuyas frases se citan a diestro y siniestro (entrecomillándolas, claro); diríase que nuestros estudiosos, nuestros críticos literarios y nuestros lectores se ven constantemente beneficiados por un especial Pentecostés

Los traductores literarios siempre denuncian la invisibilidad que sufren. ¿Por qué cree que no tienen la consideración y el prestigio del autor, aunque son autores?

Decían nuestro abuelos que el gato escaldado del agua tibia huye y, tras más de cuarenta años de profesión, soy un gato escaldadísimo. Cuando, hace un par de lustros, comenzó a correr –sobre todo en los círculos universitarios- la teoría de la “transparencia” del traductor, no pude evitar la sospecha de que tras tan peregrina afirmación se escondía la industria editorial y su afán de reducir gastos. Si el trabajo del traductor literario comenzara a ser valorado (en especial por el lector) sin duda tendría que pagarse de un modo adecuado... Y eso resultaría un peligro para la cuenta de resultados. “El capital no té entranyes...”, cantaba –creo- La Trinca.

¿Las mejoras laborales de los traductores, pues, pasan primero por su reconocimiento social?

Eso depende, también, de la cuenta de resultados. Si una mala traducción fuera denunciada por la crítica, si el lector tomara conciencia, por fin, de que una mala traducción pude destrozar un buen libro (y creo que lo contrario también es cierto), si el primer gesto al adquirir un libro de autor extranjero fuera averiguar quién lo ha traducido, si se implantara –por fin- una cultura de la traducción literaria que penalizara a la editoriales poco cuidadosas con los “productos” que ponen en el mercado, otro gallo nos cantaría. Pero para ello es imprescindible lograr ese reconocimiento (más “literario” que “social” a mi entender) y no creo que el “mercado” (ese fatum de nuestras tragedias cotidianas) esté por la labor.

¿Se pueden tomar medidas para acabar con esta invisibilidad? ¿Quién las ha de tomar?

Claro, pero no será fácil (soy un gato escaldadísmo, ya lo he dicho). Sin embargo, iniciativas como las de ACEC y AELC son un paso en este sentido, no cabe duda.

¿Cuáles son los incumplimientos más comunes de la Ley de Propiedad Intelectual en los contratos de los traductores?

Los hay de todo tipo, aún. Incluso la inexistencia de contrato... Parece a veces que el editor (o el departamento jurídico en los grandes grupos) desconozca una ley de la propiedad intelectual que supera ya los cuatro lustros de vida. Pero estos desconocimientos me resultan siempre sospechosos... Lo del “gato escaldado”, claro está). De todos modos, a mi entender, se están produciendo algunos cambios... Como si, tras algunas sentencias desfavorables, los editores comenzaran a ser conscientes de que los derechos de autor deben respetarsde -¡también!- cuando se refieren al traductor literario.

El CEATL (Consejo Europeo de Asociaciones de Traductores) ha publicado un estudio denunciando las condiciones que impone el mercado a los traductores literarios. Afirma que en ningún lugar de Europa estos profesionales pueden subsistir con estas condiciones. ¿Cree que esta situación está más acentuada en España?

Evidentemente. Bastaría con comparar las tarifas para comprobarlo. En Francia –por ejemplo- la media se sitúa en 25 euros por 1500 pulsaciones, cuando en España está entre 11 y 12 por 2100. Es fácil calcular cuántas páginas deben traducirse, al mes, para sobrevivir.

¿Esta situación de precipitación a la hora de traducir para poder vivir puede afectar a la calidad de las traducciones?

Es evidente. Reduce el proceso de corrección, los “acabados” (por decirlo de algún modo) del libro una vez traducido.

Supongo que se mira de manera esperanzadora las negociaciones que están llevando a cabo la ACEC, la AELC y el Gremi d’Editors de Catalunya para establecer y actualizar los contratos-marco de este colectivo.

Sí; pero participé en las discusiones para establecer los primeros contratos-marco y sé que lo importante es el modo de aplicar la letra del convenio. Si –de acuerdo con la LPI- se establece un porcentaje de derechos de autor y, luego, en un contrato determinado, éste se fija en el 0’0001% (¡existen, los he visto!) el fraude de ley es evidente. No es fácil; ni las asociaciones profesionales de escritores ni el gremio de editores tienen la facultad de imponer sus acuerdos a los asociados. Ya lo he dicho, creo que sólo la cuenta de resultados y, por lo tanto, la exigencia de los lectores (una cultura de la traducción literaria) daría frutos relevantes.

¿Cómo valora el papel que juegan las asociaciones de escritores en la defensa de los derechos de autor?

Naturalmente, es un papel muy importante. El autor es, siempre, la parte débil y las asociaciones contribuyen a paliar su indefensión.

¿Cuál es el secreto de este trabajo, que lo hace tan apasionante?

Pasión por la lengua de llegada y profundo conocimiento por las dos lenguas de que se trate (tanto la de llegada como la de partida); amor por la literatura, claro está, y un buen fardo de paciencia.

¿Qué es lo más gratificante de traducir un libro?

Depende del libro. Los hay que suponen, sólo, la rutina del día a día, el puro pane lucrando, la posibilidad de ganarse las habichuelas. Otros, por el contrario, son un placer (sado-masoquista, a veces) y un reto. Pero, siendo las cosas lo que son, no es seguro que el segundo caso sea el preferible para el traductor literario. Un buen libro extranjero, en España, se publica siempre subvencionado por el sudor y las lágrima de su traductor cuya paga no compensarà los esfuerzos que le ha dedicado. Y cuanto mejor, peor... Cuanto mejor sea el libro peor pagado estará su (buen) traductor. Los malos –que los hay también- no se contemplan aquí.

Traducir no és sólo pasar de una lengua a otra…¿Es volver a crear?

Sí, es crear. Estoy convencido de que un buen traductor literario debe ser –previamente- un escritor.

¿Cuál es la útlima obra que ha traducido o en cuál está trabajando ahora?

Una de las últimas publicadas ha sido Pesares de escuela, de Daniel Pennac (que la editorial se empeñó en llamar Mal de escuela, cosas...). Tengo sin publicar todavía El amor del lobo, un calvario de Hélène Cixous, discípula de Derrida, que me destrozó las meninges, y me dispongo a iniciar la traducción del Enfant Peul, un clásico de Amadou Hampaté Ba.

 

 

 

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