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El arte en la era del colapso
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El arte en la era del colapso
  21/2/2026



V ivimos uno de los momentos más delicados y complejos de nuestra historia reciente. Una época marcada por la sensación constante de incertidumbre, en la que resulta difícil saber qué nos espera y hacia dónde nos dirigimos como sociedad. Esta inquietud atraviesa todos los ámbitos: la política, la economía, la tecnología y, de forma especialmente reveladora, la cultura.

Sabemos de dónde venimos, al menos a través del relato que la historia ha dejado escrito. El problema surge cuando miramos hacia adelante. El futuro aparece fragmentado, difuso, sin un horizonte claro. Algunos sectores intentan anticiparlo —desde tecnológicos, económicos y geopolíticos—, pero hay una pregunta que sigue siendo fundamental y, a menudo, queda relegada: ¿qué nos dice el arte sobre este momento que estamos viviendo?

A lo largo del siglo XX, los grandes movimientos artísticos surgieron como respuesta directa a momentos de crisis y transformación profunda. El impresionismo dialogó con la modernidad industrial y la nueva vida urbana; el cubismo rompió con la representación clásica del espacio y del tiempo; la abstracción emergió tras el impacto de la guerra y la quiebra del mundo figurativo tradicional. Cada movimiento propuso un nuevo lenguaje para un mundo que ya no podía representarse con las herramientas del pasado.

En el siglo XXI, el contexto vuelve a ser crítico: guerras que se prolongan sin resolución, colapso climático, crisis migratorias, hiperconectividad digital, agotamiento social y desconfianza hacia las instituciones. Sin embargo, a diferencia de otras épocas, no asistimos al nacimiento de un nuevo “ismo” ni a una vanguardia claramente identificable.

Esto no significa que el arte permanezca indiferente. Al contrario: la respuesta existe, pero no adopta la forma de un movimiento homogéneo ni de un manifiesto colectivo.

En lugar de estilos cerrados, a mi parecer, emerge un clima artístico común, aunque descentralizado y transversal. El arte contemporáneo ya no parece interesado en inaugurar una nueva vanguardia, sino en posicionarse dentro de un mundo percibido como frágil, inestable y sin promesas claras de futuro. Es un arte que ha asumido la pérdida de fe en el progreso lineal y que trabaja desde la conciencia del límite. Es un arte que no promete soluciones ni utopías. Observa, registra y sobre todo resiste, desde la fragilidad.

Uno de los cambios más profundos en el arte actual tiene que ver con la ruptura definitiva del gran relato de la modernidad. Durante décadas, la creación artística se sostuvo sobre la idea de progreso: avanzar formal y conceptualmente al mismo ritmo que la sociedad.

En el siglo XXI, esa lógica se ha resquebrajado. A diferencia de las crisis del siglo pasado —intensas, pero delimitadas en el tiempo—, la actual parece no tener un “después”. Vivimos en una especie de colapso continuo que transforma radicalmente la función del arte.

Considero que el arte contemporáneo ya no se organiza en torno a rupturas espectaculares, sino alrededor de gestos mínimos, procesos abiertos y prácticas que incorporan el error, la duda y lo inacabado. La fragmentación, que en el cubismo fue un recurso analítico, hoy se ha convertido en reflejo directo de la experiencia vital contemporánea: identidades múltiples, relatos interrumpidos y realidades superpuestas.

En la pintura y en otras disciplinas visuales, esta transformación podría traducirse en una figuración ambigua y erosionada. Los cuerpos pueden aparecen incompletos, híbridos o disueltos en su entorno. No se trata de una negación de la tradición, sino de una relectura crítica: la historia del arte funciona ahora como un archivo disponible, no como una línea evolutiva que deba ser superada.
El arte deja de afirmar certezas antropocéntricas y adopta una mirada más compleja, menos jerárquica y más consciente de la interdependencia, entrando en la duda del futuro.

En un mundo dominado por la aceleración digital y la saturación de imágenes, resulta significativo el resurgir de medios considerados “lentos”, como la pintura, el dibujo o la escritura. Lejos de ser un gesto nostálgico, esta vuelta a lo material responde a una necesidad existencial.

Pintar, escribir o leer se convierten en actos de pausa. Son formas de pensamiento y la atención se recupera. Frente a ese consumo rápido de todo lo que nos rodea e “inculcan” para sus objetivos.

Gran parte de la producción artística actual se inscribe en una estética de la incertidumbre. Frente al desconcierto que nos involucran con una ambigüedad como estrategia.

El espectador ya no es un receptor pasivo, sino un agente activo, obligado a enfrentarse a la incomodidad de no comprender del todo. La obra no ofrece respuestas claras, sino escenarios abiertos donde lo político, lo íntimo y lo material se entrelazan.

La fragilidad se convierte en un valor. Lo inestable, lo precario y lo provisional se asumen como reflejo honesto de la situación contemporánea.

El arte del siglo XXI no busca salvar el mundo ni representarlo fielmente. Su potencia reside en habitar la grieta, permanecer en la pregunta e intentar dar forma a aquello que todavía no tiene nombre.

Crear, en este contexto, no es evadir el colapso, sino asumirlo. No es rendirse, sino mantenerse atento. En tiempos de aceleración y ruido, el arte sigue siendo uno de los pocos espacios donde detenerse, pensar y reconocer, desde la vulnerabilidad, lo que aún nos hace humanos, para entender que está surgiendo algo, pero no funciona como los movimientos del siglo XX.

José Manuel Lluent -delta13news

Detalle del Guernica de Picasso. Imagen: Por Ciberprofe




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