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Arriba, taller literario; abajo, sala de tortura
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Arriba, taller literario; abajo, sala de tortura
  9/8/2026



M ariana Callejas quería triunfar como escritora mientras ayudaba a la siniestra Dina de Pinochet. Un libro reconstruye su extraña trayectoria.

“Casi todos (los visitantes) veían cosas raras en esa casa, menos los intelectuales y los artistas que llegaban a divertirse o a leer y comentar cuentos”, escribe Juan Cristobal Peña en su libro recién aparecido en España Letras torcidas (Debate). 

Se refiere a una casa, entonces aislada, en el cerro Lo Curro, próximo a Santiago de Chile. Allí residía la escritora Mariana Callejas con su tercer marido, un técnico y manitas a quien los servicios secretos de Pinochet contrataron por su maestría a la hora de diseñar artefactos para hacer daño. Con tanta habilidad que el mismísimo Mamo, coronel Manuel Contreras Sepúlveda, jefe de la temida Dirección de Inteligencia Nacional (Dina), lo puso bajo su directa protección.

 En Lo Curro, entre 1974 y 1977, Mariana, once años mayor que su esposo, ejercía de salonnière con algunos de los pesos pesados del mundo cultural chileno, mientras en las plantas bajas se practicaba la más sádica violencia política.

La historia que narra Letras torcidas desborda cualquier imaginación. Juan Cristóbal Peña, director de un master de escritura en Chile, ha seguido el tema desde hace años y contó para la primera edición chilena del libro con el apoyo editorial de Leila Guerriero, toda una garantía del periodismo narrativo actual. 

Mariana Callejas (1932-2016) fue una mujer intensa y aventurera, talentuda y carente de cualquier brújula moral. Muy joven contrajo un matrimonio que no duró nada, se aproximó a organizaciones de izquierda y trabajó en un kibutz israelí, donde se casó por segunda vez con un norteamericano. Marchó con él a Nueva York y tuvieron tres hijos. 

En una fiesta conoció a Michael Vernon Townley, de diecisiete años, alto y rubio, por el que experimentó un irresistible flechazo. Plantó a su marido y se fue con Michael a Santiago, donde contrajeron matrimonio, y en los diez años siguientes se movieron entre Chile y EE.UU., pasaron estrecheces y procrearon otros dos vástagos .

Cuando se estrenó en Chile el gobierno de Unidad Popular de Allende, ambos habían girado a posiciones radicales y se sumaron a un grupo paramilitar de ultraderecha. Enseguida Michael destacó fabricando bombas caseras, a la vez que montaban una emisora de radio clandestina. 

Tras el golpe de Estado de Pinochet, la Dina les financia la instalación del hogar familiar y sus talleres en Lo Curro, e instalan también a vivir allí a distintos integrantes de las fuerzas represoras. 

Mariana, mientras tanto, ha iniciado una carrera literaria: escribe relatos y se sitúa en la órbita del novelista Enrique Lafourcade, gran figura de las letras, pretendidamente apolítico. En su taller literario coincide con jóvenes promesas como Carlos Franz o Carlos Iturra. Cuando Lafourcade se cansa, Callejas brinda su propio domicilio, donde junto a las lecturas monta animadas fiestas con muchos invitados y recibe a ilustres como Nicanor Parra o el empresario y escritor catalán exiliado Cristian Aguadé.

Está probado que Townley y Callejas participaron activamente en el asesinato del general Carlos Prats y su esposa en Buenos Aires en 1974; Michael fue además el principal responsable del atentado contra Orlando Letelier. 

En esos años, en los pisos inferiores de Lo Curro la Dina tortura y mata, entre otros, al español Carmelo Soria. El catálogo de horrores es cuantioso, y hay una escena en que Townley ejecuta con gas sarín a dos detenidos peruanos, esposados y vendados, literalmente espeluznante.

Mariana consiguió hacerse un pequeño nombre en los ámbitos literarios y ganar varios premios, hasta que su participación en hechos horrorosos se hizo pública; fue detenida, juzgada y condenada –aunque se libró de la cárcel– y cayó en el desprestigio. Con el tiempo, Pedro Lemebel, Roberto Bolaño y Nona Fernández han recreado esta historia de forma libre en distintos textos. 
Escandalizados, con razón, porque en Lo Curro todo el mundo había visto cosas raras, menos los intelectuales y artistas.



Sergio Vila-SanJuán Robert-Lavanguardia






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