
David Castillo, coordinador durante tres décadas el suplemento de libros del diario Avui, profesor de comunicación, crítico literario y presidente de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC), ha escrito novelas que siempre van más allá del entretenimiento y plantean interrogantes incómodos, a menudo relacionados con el desencanto de quienes querían cambiar el mundo y acaban luchando para que el mundo no los cambie a ellos. Pero, sobre todo, Castillo es poeta, con una nutrida obra poética en catalán y una larga trayectoria impulsando festivales de poesía y moviéndose de un lado a otro en su empeño de juglar de llevar la poesía a centros docentes y tabernas. Cuando la cultura en catalán era minoritaria y poco rentable, él fue uno de sus activistas más combativos; cuando la cultura en catalán se ha hecho más institucional, él, siempre a contracorriente por sus naturaleza libertaria, se ha mostrado crítico con el clientelismo que ha generado y con los que, de repente, se hicieron independentistas cuando más convenía, y eso lo ha convertido en un personaje incómodo en algunos despachos y canonjías.
Barcelona no existe muestra cómo en el año 2050 Barcelona es una ciudad con la economía hundida y sumida en el caos moral. La zona del centro está bajo control de un gobierno corrupto de políticos ancianos autoritarios, decadentes y aferrados al poder. Están enfrascados en un enfrentamiento armado contra las Milicias de la Juventud, que controlan el extrarradio y el sistema de alcantarillado de la ciudad, y aspiran a la revolución y a la liberación sexual. Empleado en un periódico títere del gobierno, un periodista al borde de los ochenta años, de vuelta de todo, que solo quiere sobrevivir un día más, comer bien, beber mejor, permitirse drogas y algún desahogo sexual, se ve empujado a escribir un informe imparcial sobre las Milicias de la Juventud que podría propiciar un alto el fuego, aunque a él ya todo le dé bastante igual. O quizás, no tanto.
David Castillo nos cita para conversar con él en un sitio con poco glamour, un bar en el exterior de un pequeño centro comercial aséptico de un pueblo de las afueras de Barcelona. No hay pose alguna, simplemente ha de ir al Mercadona a comprar plátanos para su nieto.
¿Cuál es la chispa que encendió en tu cabeza Barcelona no existe?
El referente principal son los Recuerdos de mi larga vida de Conrad Roure, que te muestra muchos rincones de la Barcelona del siglo XIX, pero contados desde una escuela catalana paralela a las normas de la Renaixença y sus Jocs Florals. Luego está el Neuromante de William Gibson, Blade Runner… Empezó siendo un relato al dictado, que grababa y después transcribía yo mis
Muchos años juntando palabras…
Empezamos en los años 1970 a hacer ediciones prácticamente autoeditadas alrededor de revistas como Ajoblanco o El Viejo Topo. ¡Y no hacíamos un libro que no tuviera menos de 1.000 ejemplares! Era un mundo diferente que ha desaparecido, con la lectura como principal motivo de entretenimiento, de debate y de reflexión… Ahora en el quiosco casi solo quedan las del corazón.
Tu protagonista sin nombre es un viejo periodista que recuerda el tiempo “Cuando la gente leía con cierto criterio”.
Es que ahora, los que leen las noticias, lo hacen desde el teléfono móvil. Con esa letra minúscula yo me he de amorrar para poderlo leer; un artículo largo es imposible. Es un cambio y tampoco digo que sea mejor ni peor.
¿Y a ti qué te lleva a la escritura?
Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. La lectura de Platero y yo me hace pensar que me he de dedicar a la literatura. Mi madre me coloca a los catorce años a trabajar en un banco, pero yo empiezo a buscar dónde poder publicar mis propios poemas.
También te colocas junto a los movimientos antifranquistas que te acabarán llevando a la cárcel Modelo. ¿Cómo llegas ahí?
Es un movimiento libertario que viene del siglo XIX y aquí se impone por las condiciones de vida tan desfavorables de los trabajadores y de una patronal que provenía en muchos casos del esclavismo de América y que se instalan aquí con la revolución industrial. La CNT surge porque el proletariado en fábricas y el campo andaluz están en unas condiciones miserables. Yo tuve vinculación con Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión Sindical Obrera (USO). Después, cuando se resucitó la CNT, todos fuimos para allá. Fue un momento de entusiasmo, pero cuando llegaron los problemas muchos se acojonaron porque Franco también había ganado en el sentido de que cambió los hábitos: para que no hubiera broncas dio unas mejoras a los trabajadores que no habían tenido hasta entonces para aspirar a un pequeño apartamento o tener un cochecito, y aburguesó de alguna manera al proletariado. ¿Entonces, el proletariado qué iba a buscar, una aventura revolucionaria imposible?
El protagonista de la novela parece haber dimitido de todas sus antiguas convicciones. Huye del compromiso y parece que lo único que le interesa es la supervivencia y darse algún capricho, pero luego tiene cierta actitud…
¡Punki!
Me recuerda en alguna cosa a ti. Por un lado un ácrata junto a los tipos duros del cóctel molotov y por otro fascinado con Platero y yo, como buscando la vuelta de la vuelta…
O la otra vuelta de la vuelta, que significa que te has pasado de rosca.
Tú protagonista parece que está pasado de rosca y todo le da igual, pero finalmente no es exactamente así… ¿Le has prestado mucho de ti a ese viejo periodista con muchos vicios, muchas sombras y alguna pequeña virtud?
Es Flaubert: Madame Bovary se moi!
¿Por qué dice que “el periodismo es un oficio con tan poca sintonía con la realidad como el ácido lisérgico”?
Estuve de profesor años y dejaban pilas de ejemplares gratuitos de La Vanguardia, que es un buen diario y los estudiantes no los cogían. La gente que sale de la facultad lo hace muy alejada de la realidad.
En relación al sectarismo de la prensa, escribes que en un diario no puedes escribir algo que el lector no quiera leer…
Es exactamente así. Hay un redactor jefe muy cuidadoso con lo que ha de salir o no salir. Yo cuando he sido jefe, si no estaba de acuerdo con el redactor aún lo apoyaba más, porque era un punto de vista diferente, siempre que no te busquen la ruina. Hay esa sensación de que uno compra el diario para quedarse tranquilo con sus propias ideas, para que te digan quiénes son los buenos y quiénes son los malos.
¿Te reconoces en la decepción del mundo del periodismo de tu personaje?
No, no tengo esa decepción. Yo me he jubilado con 50 años de servicio, prácticamente todos en este negocio en el que me he ganado la vida, aunque parecía impensable.
También está cansado del mundo literario: “Opté por la vida porque la creación me llevaba hasta la muerte. Los versos se fueron y no me preocupé de ir a buscarlos”.
No, no estoy en ese punto tan trágico. Continúo buscando y comprando libros con mucho interés, rebusco mucho en librerías y tiendas de discos de segunda mano. Continúo escribiendo y me lo paso bien. ¡Yo continúo con los versos!
Hay muchas drogas en el libro, son un refugio para el protagonista.
Con eso sí que me identifico plenamente.
Pareces un experto.
Mi primer libro fue un tratado sobre drogas que me pidieron en la Generalitat porque había un problema muy grande con el consumo de heroína a final de los 1970. Si me dijeran que me quedaban tres meses de vida creo que me lo pasaría muy bien en compañía de las drogas, pero no soy un adicto.
Cien años ya de intensa lucha policial contra las drogas. ¿Ha sido inútil?
Solo ha derivado a un negocio en la clandestinidad.
El viejo periodista y ex poeta dice que “estamos en una de las épocas más retrógradas, más restrictivas desde la época de Franco”… ¿A ti qué te parece?
Hay un aumento de la censura. La izquierda ha aumentado el prohibicionismo y nos ha llevado a una nueva moral de beatas y beatos, cansa mucho tener todo el tiempo un pepito grillo diciéndote todo el tiempo lo que has de hacer como si no fueras adulto. Eso provoca una reacción virulenta por parte del sector más reaccionario, que despierta los viejos fantasmas.
Se dice en el libro: “Todo lo que es difícil es violento. Y todo lo que violento no dura”.
Es la revolución. Y lo violento no es permanente porque avanzas pero hay un efecto de regresión: avanzas un paso y retrocedes cuatro.
¿La revolución es todavía posible?
No. Para mí la revolución es que la gente tenga algo de dinero en el bolsillo, que el ámbito de nuestra sociedad sea universitario… son pequeñas cosas. Si no, acabas haciendo la revolución, la ganas y acaba siendo la rusa, la china, la vietnamita, la nicaragüense, la cubana… que terminan condenadas al fracaso. Prefiero colocar el listón más bajo pero que sea más placentero para el conjunto de la sociedad.
¿Te has vuelto más conservador?
Sí, moderado y conservador lo soy. Por eso me dedico a la escritura, para que la gente se lo pueda pasar bien leyendo y este pequeño periodo de vida que tenemos pueda ser satisfactorio, que no les ocurra como a nuestros abuelos, que se lo pasaron pegando tiros.
Esa sociedad que describes podría coincidir con la de Junts per Catalunya…
Los de Junts son revolucionarios, se han opuesto al Estado para romperlo. Pero esa idea de que si se manda menos dinero a Extremadura aquí la gente tendrá más es injusta. Ha de haber una base de solidaridad y no distinguir porque uno sea de Huesca, del Senegal o de Salou.
El protagonista de su libro hace autoexamen. Déjame hacértelo a ti. “La mayoría de las veces me etiquetaban de individualista”…
Sí.
Misántropo…
¡Y todo lo contrario, también!
Anarquista…
Sí, más bien libertario
Antisistema…
No.
¿Un libertario no querría eliminar el sistema, que no hubiera policía y colectivizarlo todo?
Yo quisiera que no hubiera policía, pero sería imposible porque entonces sería la selva, la ley del más fuerte.
¿Se trata de buscar equilibrio entre la avaricia de los súper burgueses y la dignidad de los trabajadores?
La gente lo que quiere es estar tranquila, trabajar en aquello en que se especializaron, tener un dinero en el bolsillo… la mayoría no tienen unos grandes ideales románticos. La idea de la vida breve en el sentido que le daba Juan Carlos Onetti, uno de mis referentes en la novela. Nosotros lo vemos desde este punto de vista romántico de poder transgredir y poder llegar a otra dimensión a través de las palabras, que no dejan de ser palabras, ¡parole, parole!… que no van muy lejos
¿Y por qué seguir escribiendo?
Para mí escribir es el summum. Escuchar Bach o Los Beatles o leer a Tolstoi o a Philip Roth o Victor Català, o ir al teatro, para mí es el máximo, es como me lo paso bien y me apasiono. La vida sin eso no valdría la pena, sería solo algo fisiológico. Te permite aspirar a algo más que el consumo, aspiramos a progresar en otro territorio que no es exclusivamente el material. En 1966, cuando tenía cinco o seis años, mi abuelo me regaló un aparato de música con cinco singles, uno de los Beatles; pensé: ¡Esto es lo mejor que me ha pasado! Y sigo pensando que es lo mejor que me ha pasado.
Dice el protagonista: “a mi edad me importaban un rábano las opiniones de los otros”. ¿A ti te importan?
Me importan muchísimo.
¡Pero si tienes fama de pasota!
No lo soy en absoluto. Soy muy ordenado. He llevado 30 años un suplemento de libros y para no perderte entre las toneladas de libros que llegan has de tener el armario bien ordenado. Sí que me importan las opiniones, me importan demasiado, me creo las cosas que me dicen, soy un tonto.
¿Y qué queda por hacer?
Estoy con la traducción castellana de unos poemas en la editorial que publicó una selección de mis cinco o seis primeros libros, titulada Bandera Negra, y quieren otro. Lo titularé Bandera blanca, la bandera de la paz, con 40 poemas representativos. Y sigo escribiendo una novela de la que llevo 1.000 páginas, me decían que sería interesante que publicase unas memorias, explicar cosas de gente que me había gustado conocer. Es una larga vida cultural, con éxitos limitados, gané el Premio Sant Jordi y con ese dinero pude pagar la hipoteca… para un tío de una barriada de Barcelona sin ninguna aspiración ya ha sido mucho.