Divendres, 29 de maig de 2020



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El filósofo que sabía reír
Matías Néspolo12/2/2018



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Puede que hasta los más empedernidos lectores del filósofo de severo bigote y riguroso pensamiento se lleven, a un lustro de su partida, al menos dos sorpresas. Una tal vez no lo sea tanto para quienes lo han leído bien, y es que cada línea del autor de La filosofía y su sombra (1964) cuenta, aún las más postreras, no importa si las publicó en prensa o si las dedicó a una teleserie como Mad Men, entre otro de los múltiplos temas de sus intereses. Porque, como dijo un día su amigo Ángel Gabilondo, "a Eugenio sólo le importaba todo". Y otro, que el filósofo del límite, el pensador español más grande del paso del siglo XX al XXI (por lo pronto, el único español merecedor del prestigioso premio Internacional Frederich Nietzsche por el conjunto de su obra) también sabía reír, mucho y bien. A carcajadas y siempre con, nunca de, el otro.

Esas dos sorpresas depara La funesta manía de pensar, la antología de los últimos artículos de Eugenio Trías (Barcelona, 1942-2013) publicada por Galaxia Gutenberg en el quinto aniversario de su muerte, que se conmemora este sábado con un homenaje en el CCCB. La obra recoge cerca de 60 artículos, escritos entre 2001 y 2013 para EL MUNDO y ABC, al cuidado del discípulo y experto en el filósofo, Francesc Arroyo. Pero no viene sola, porque la acompaña el libro no venal Sobre Eugenio Trías, una gruesa estampa colectiva de la vida y obra del pensador preparada por su viuda, Elena Rojas y su hijo, el editor de Penguin Random House, David Trías."Se dedicó a la filosofía porque vivió la filosofía. Y a esa satisfacción de su vida se debió la sonrisa constante que ni el bigote y el cigarrillo podían tapar", señala Arroyo. Y otro tanto hace su hijo David Trías para remarcar la nota compartida por los 40 amigos del filósofo que trazan su estampa en "la imagen polifónica" de la obra ad hoc, que el editor define como "un documental literario, a falta de un audiovisual", pero que no descarta que se realice algún día, porque hay abundante material grabado del filósofo inédito. "Muchos abordan el tema de la risa, su ironía provocadora, el humor que a los que no le conocieron puede sorprender", dice su hijo.

Quienes lo conocieron y mucho son los 40 autores: Fernando Savater, Jorge Herralde, Félix de Azúa, Cristina Fernández Cubas, Manuel Cruz, Enrique Linch, Pepe Ribas y un largo etcétera de notables intelectuales."Todos los puntos de vista son verdaderos y conforman en conjunto un Eugenio muy cercano", apunta su viuda, Elena Rojas, quien confiesa que encargar breves textos a sus compañeros generacionales fue más viable que dar con la persona adecuada para escribir su biografía, dada la relativa cercanía de su desaparición. Pero lo cierto es que Sobre Eugenio Trías son 41 textos. El extra es el sentido discurso de su hijo David, pronunciado pocos meses después de su muerte en la inauguración de la biblioteca dedicada al filósofo en la antigua Casa de Fieras del Parque de El Retiro en Madrid. "El nombre Biblioteca Casa de Fieras Eugenio Trías hoy le haría mucha gracia, tanto como llamarse E.T.", recuerda.Lo cierto es que La funesta manía de pensar fue el título elegido por el mismo pensador, con el que pensaba reunir sus artículos en prensa posteriores a Pensar en público (2001).

Y la selección de Arroyo no fue nada fácil, dada la calidad de su producción equiparable al resto de su abultada obra. "Sus artículos son indisociables del resto de su obra. Escribía muy bien, con una voluntad de estilo que facilita la entrada a su pensamiento", resume el antólogo que finalmente decidió decantar su selección por un criterio "de actualidad e interés". "Algunos de sus artículos sobre nacionalismo escritos en 2005 o 2006 podrían ser publicados hoy. Decía que los nacionalismos son insaciables y siempre quieren más", señala Arroyo. Sobre las temáticas es ocioso intentar reseñarlas, porque puede que un hubiera asunto que no le interesara al filósofo del hombre como habitante fronterizo entre el ser y la nada. A lo sumo, cabe señalar que recorría "los cuatro barrios de la ciudad" de su pensamiento con igual pasión: filosofía, religión, política y arte. Y que sus dos debilidades, el cine y la música, fueron a menudo las escusas. O mejor, las puertas de entrada para un pensamiento paradójicamente sin límites.



   
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