Dissabte, 31 d'octubre de 2020



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Lo que faltaba, per LLUÍS MARIA TODÓ
3/1/2011


Por si era poco el desprestigio que hasta ahora se habían ganado los parlamentarios, tanto los de aquí como los de Madrid, desde ayer (21 de desembre), el rechazo de la llamada “ley Sinde” sobre la defensa de la propiedad intelectual ha acabado de cubrirlos de vergüenza a ellos y de consternación a la mayoría de ciudadanos de buena fe.

Que unos políticos elegidos para defender los derechos legítimos de los ciudadanos se dejen acobardar por un colectivo al que abusivamente se llama “los internautas” (¡menuda tontería, internautas lo somos todos!), y que deberían ser llamados “la horda de los piratas” es absolutamente indignante. Dicen que los parlamentarios han rechazado la ley para no perder votos. ¿Los votos de quién? ¿De esos delincuentes que se creen  con derecho a apropiarse de la creación de los demás sin pagar nada a cambio? ¿Son tan ilusos nuestros parlamentarios como para creer que esos defensores del pillaje va a dar un solo voto a cualquiera de los partidos que ayer tumbaron una ley que pretendía poner remedio a una situación de injusticia flagrante, insólita en Europa? ¡Qué ingenuos! Se han quedado sin vergüenza y se van a quedar sin votos, ya lo verán.

Lo del derecho a la propiedad intelectual es una obviedad tan evidente que causa aburrimiento insistir en ello, pero parece que es necesario repetirlo una vez más: quien compone la letra o la música de una canción, quien escribe o traduce un libro, quien crea imágenes para ilustrar un libro, está realizando un trabajo muy meritorio, muy difícil, que requiere mucho tiempo y muchos conocimientos, y ese trabajo debe ser compensado económicamente, como el de cualquier otro trabajador. Quien no entienda esto es que no ha intentado nunca escribir un libro ni componer una melodía. O es que no le han robado nunca la cartera.

Las compañías discográficas están cerrando, las productoras de cine ya no saben qué hacer para detener la sangría de dinero que ha provocado la ruina de las discográficas, y en cuanto a las editoriales, ven llegar el nubarrón digital con terror y escasa capacidad de reacción. Pues bien, esos muchachos que quieren tener música, cine y literatura gratis, y que tanto miedo dan a nuestros parlamentarios, deberían saber que los directivos de las discográficas, productoras y editoras nunca se quedarán en la más absoluta indigencia, que es lo que amenaza a los músicos, cineastas y escritores.


   
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