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DONAR-SE D’ALTA
José Martínez de Sousa


 A finales de 1943 me llevaron a Sevilla. En 1944 ingresé en un colegio de monjas, y en 1948 pasé a otro de salesianos. A los dieciséis años, un buen día, allá por octubre de 1949, me vi en una sección de cajas en un taller escuela de artes gráficas, ante un chibalete sobre el que había una caja tipográfica con 122 cajetines. Yo tenía un componedor de madera en la mano izquierda y el conocimiento perfecto del cajetín exacto en que se hallaba cada letra. Aquel día compuse mi primer molde, algo así como veinte líneas de texto, creo que a unos dieciséis cíceros de ancho. Cuando terminé, lo até con un cordel, lo tomé con ambas manos, lo levanté en el aire y me dirigí a la prensa de pruebas. Deposité el molde en la platina, puse las letras a nivel mediante el tamborilete y el mazo, con el rodillo batí la tinta en el mármol, entinté el ojo de las letras del molde pasando el rodillo arriba y abajo varias veces para que las letras tomaran bien la tinta. Dejé el rodillo en el mármol, tomé un papel de pruebas, lo coloqué con mucho cuidado sobre el molde entintado... ¡Ya estaba!

Casi con reverencia, tomé el rodillo de la prensa de pruebas y lo pasé decididamente sobre el conjunto que formaban el molde y el papel. Como quien va a descubrir algo por arte de birlibirloque, levanté despacio el papel que cubría el molde y..., ¡oh, Dios!, allí estaba la prueba fehaciente de mi primer trabajo tipográfico.

En 1952 salí del colegio de los salesianos y también abandoné Sevilla. Me abrí al mundo, un mundo para mí totalmente desconocido, y empecé a aprender... Recuerdo que uno de los salesianos me dijo un día: «Aprende todo lo que puedas, sea lo que sea. Aunque sean las marcas de las máquinas de coser. No sabes si algún día ese conocimiento te resultará útil, pero, en cualquier caso, habrás hecho un saludable ejercicio de memoria...». Sabio consejo, que seguí al pie de la letra durante toda mi vida. Hoy, tantos años después, aún no he dejado de aprender...

Queda claro, pues, que todos mis conocimientos profesionales son absolutamente autodidácticos. Aprendí por mi cuenta (y riesgo) lo que necesité cuando me hizo falta. (Algunos de mis libros, ciertamente, surgieron para cubrir mis propias necesidades de conocimientos concretos.) Y esto, que tiene desventajas, también tiene méritos. Algunos de ellos se describen seguidamente.



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