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NacIó en Buenos Aires en 1940. Luego se hizo –algo- mayor, disfrutó de una ciudad no contaminada. Luego se lanzó a cambiar el mundo y casi llega a lograrlo si no fuera porque el día programado para el acontecimiento, llovió torrencialmente y la gente no estaba para resfriados. A eso de la media edad de la pubertad comenzó a balbucear grafías y sonidos para leer. Una vieja vecina del barrio, al tener esos papeles delante de sus ojos, movió la cabeza con escepticismo y le dijo que dejara esos versos y se dedicara a algo más útil. Se propuso hacerle caso a la señora y se anotó en ciencias marinas, pero, como no pudo aprender a nadar porque tiene la nariz huesudamente tapada, intuyó que con ese futuro se iba a morir de hambre. Decidió volver a usufructuar papeles que amablemente le ofrecían los árboles. ¿Qué sucedió entonces? Que igual se moría de hambre. Pero ahora lo driblaba porque cuando escribía se olvidaba de comer. Por eso escribe y además eso le mantiene esbelto y no necesita dietas ni masajeadores de esos que publicitan por la tele a las tres de la mañana. Solo toma las proteínas que salen de su bolígrafo directo a sus entrañas. Tenía razón su vecina: no hay nada menos útil que esa “cosa” de la poesía, y eso lo saben hasta los peces de las profundidades del mar.







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