Lunes, 13 de julio de  2020



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'Caza con hurones', el nuevo poemario de Esther Ramón
Rodolfo Hässler13/2/2014



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Desde que publicó su primer libro, Tundra, en 2002, en la colección de poesía Igitur, leo y sigo atentamente la poesía de Esther Ramón. Tuve la oportunidad de presentar Tundra, aquí en Barcelona, en la Casa del Libro, en el ciclo que llevaba Rosa Lentini en la librería, y desde entonces nos mantenemos en contacto. Han pasado doce años y estamos de nuevo en Barcelona dispuestos a escuchar los poemas de su nuevo trabajo. 

Caza con hurones condensa aspectos que ya aparecen en Tundra, y que de manera dolorosa, y magnifica, lo ocupan todo en Reses, y es que el ser humano, el poeta, detenido aquí ante el lenguaje que escucha en su entorno, no descubre más que destrucción. Primero detenerse, mirar, sentir, algo no muy común en un panorama poético que no busca demasiado fuera de sí mismo, tan ajeno a la empatía, ¿y qué trato damos a ese entorno, animales y plantas?, y sin más aparece aquí un título importante de Marta Pessarrodona: Animals i plantes. El entorno ha sido destruido, maltratado, removido, cubierto de escombros, y los animales son tratados con extrema crueldad, desde siempre, y así, ¿hacia dónde nos dirigimos como sociedad que por unos años se pretendió moderna, europea, evolucionara? 

La poesía es para Esther Ramón un instrumento de exploración y no un juego retórico es un despertar de la conciencia con la batería de la percepción de la realidad en total alerta. Al leer su poesía el lector es consciente de que se produce un perfeccionamiento, un afinamiento de la sensibilidad, situándonos en un escalón más alto. 

Caza con hurones, con todos los elementos que condensa, evoluciona hacia una progresiva purificación de las palabras, del uso de las palabras, es una limpieza interior, procurando encontrar, con urgencia, un equilibrio en la relación con todo lo que tenemos: vemos unos versos, “una cruz o hueso arcaico / que marca el desarrollo”, “una aguja abandonada en la sutura”, y ese dolor que la poeta recibe se convierte, y de nuevo la cito, en “una nube de cal / en el desorden.” 

Ánima, siembra, presas, hierbas de San Juan, cetrería, cepos, arenas movedizas, resurrección, límites, bosque, raíz, unidad, título éste de un poema que aparece ya al final del libro, van creando una ruta densa, difícil, no diría impracticable pero sí exigente, en la que es necesario cierto nivel de entrega por parte del lector, y si se aporta esa colaboración, como una corriente que desemboca en un espacio más amplio, la emoción estalla y la luz lo inunda todo. 

El poeta uruguayo Julio Inverso escribió: “el alma es un hueso sin vestidura carnal que se enseña en la gimnasia de las lágrimas”, y ese ejercicio podría facilitar en este caso la entrada a un universo personal, complejo y abocado a tratarse con la belleza.

Y ya casi para terminar señalaría la concepción del tiempo en estos poemas, tiempo entrelazado con un sentimiento de pérdida, de desaparición. Esa constatación del daño que el tiempo produce, el deterioro que vamos sufriendo día tras día, a pesar de una apuesta por la posible salvación a través de la empatía, con la naturaleza primero que nada: los árboles, la tierra, los ciclos naturales, y la relación con los animales, esos otras manifestaciones del yo que tanto nos pueden ayudar a comprender. 

Pero es que el tiempo va en contra, sigue su paso, se escurre por una esquina. Y quiero ya darle paso a su lectura con unos versos de José Emilio Pacheco, recientemente fallecido, que encajan con los suyos: “ocúltate en la zarza. Que no te atrapen. El mundo sólo tiene un lugar para los corderos: los altares del sacrificio”.


   
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