Jueves, 9 de julio de  2020



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Anne-Hélène Suárez: “La labor del traductor sufre de la inconsciencia total que de ella tienen los lectores”
12/3/2009



Anne-Hélène Suárez es vocal de la Junta Directiva de la ACEC (Foto:Carme Esteve)
 
Anne-Hélène Suárez (Barcelona, 1960) es profesora de chino en la Facultad de Traducción de la Universitat Autònoma de Barcelona y una traductora literaria con una dilatada carrera. Autora de numerosas traducciones, sobre todo del chino clásico, pero también del francés, el inglés y el ruso, Suárez ganó el prestigioso Premio Ángel Crespo en el año 2003 por la traducción de la obra Historia del pensamiento, de Anne Cheng. Vocal de la Junta Directiva de la ACEC, Suárez siempre ha defendido desde la Asociación los derechos de autor de los traductores, profesión que considera “fundamental para la cultura”, pero “inexistente para el lector”.

Entre sus traducciones, se deben destacar Lunyu. Reflexiones y enseñanzas, de Confucio –de la cual trabaja ahora en una revisión y ampliación–; Cincuenta poemas de Li Bo; Recordando el pasado en el Acantilado rojo y otros poemas, de Su Dongpo (en colaboración con Ramon Dachs); 99 cuartetos de Wang Wei y su círculo; 11 Cuartetos de Bai Juyi, y Cuatro lecciones sobre Zhuangzi, de Jean Fraçois Billeter. Por otro lado, también ha traducido una gran cantidad de películas chinas.

–¿Cree que el trabajo del traductor literario está poco valorado?

–La traducción es un elemento fundamental en la historia de las civilizaciones y, sin ella, las culturas no habrían tenido el desarrollo que les conocemos, como tampoco lo habría tenido la literatura. Sin embargo, la labor del traductor literario y su figura misma suelen pasar inadvertidas a la mayoría de los lectores, incluidos los críticos literarios y los teóricos de la literatura, que acceden a obras escritas en otras lenguas y épocas como si fuera lo más natural. Una traducción excelente parecerá tan normal como una mediocre, y tan sólo llaman a veces la atención las traducciones más torpes o los ocasionales errores; sucede incluso que las flaquezas de un libro se achaquen al traductor. En definitiva, para muchos lectores, el traductor no existe o, de existir, es un triste personaje que, en su afán de traducir a destajo para ganarse la vida, trata los textos con una falta total de profesionalidad y de amor por la literatura.

–¿Qué consecuencias tiene para el traductor esta situación?

–Esta visión negativa del traductor, combinada con su invisibilidad, contribuye en gran medida a que el traductor sea despectivamente considerado por los editores susceptibles de requerir sus servicios, y eso se refleja tanto en las tarifas que suelen aplicarse a la traducción como en el resto de las condiciones contractuales. El resultado es un círculo vicioso que ejerce a la vez una fuerza centrífuga –dificultando cada vez más el trabajo de los traductores mejor formados en lengua y literatura, y con mejor disposición inicial para llevar a cabo su labor con la dedicación necesaria en unas condiciones dignas– y una fuerza centrípeta –facilitando el acceso a la profesión a personas menos formadas en lengua y literatura, más ávidas en su búsqueda de encargos, menos escrupulosas en su ejecución, más susceptibles de aceptar las peores condiciones y, en consecuencia, de atraer a editores que no quieren o creen no poder dedicar los recursos necesarios a la traducción, puesto que ésta no es más que un aspecto como cualquier otro en el proceso de producción de un libro–. En definitiva, la situación en conjunto hace que resulte prácticamente imposible vivir de una actividad tan necesaria para la sociedad y fundamental para la cultura como es la traducción literaria

–¿Qué opina de las actividades que desde las asociaciones de escritores se llevan a cabo para resaltar esta profesión?

–Las iniciativas como la que han tenido la ACEC y la AELC de crear la idea de “Barcelona, ciudad de la traducción” como marco para llevar a cabo actividades protagonizadas por los traductores y sus obras, o en las que traductores y autores dialogan con lectores y editores, pueden contribuir a que el público tome consciencia de la importancia del traductor y de su obra, tanto para la calidad del libro y su recepción en nuestro país, como para la percepción que tenga el lector de las demás lenguas y literaturas, es decir de las demás culturas.
Por otra parte, el traductor ha sido siempre excluido de la mayor parte de las actividades culturales, de modo que esta iniciativa resarcirá en cierta medida al traductor de ese estado de insignificancia que sufre. Barcelona es una ciudad donde todavía hoy se concentra el mayor número de editoriales y, por tanto, el mayor número de profesionales relacionados con ese ámbito. Es justo, pues, que se proclame “ciudad de la traducción”. Eso sí, es de esperar que esta iniciativa propicie otras que favorezcan la visibilidad y el prestigio de los traductores a nivel nacional.

–¿Qué papel considera que juegan estas asociaciones en la defensa de los derechos de autor?

–Importantísimo. No todos los autores son célebres, no todos tienen agente para defender sus intereses, o la labor de esos agentes no siempre es suficiente, y en su mayoría se encuentran en una situación de indefensión que puede verse agravada por el aislamiento que suele caracterizar su trabajo, por la falta de información acerca de multitud de aspectos laborales, legales, fiscales, o simplemente de la situación de los demás, de sus recursos. Las asociaciones ayudan a cobrar consciencia de esas carencias, a suplirlas, a cobrar confianza; también a estar más presente en la vida cultural y, por lo tanto, a luchar contra esa invisibilidad que es la causa de gran parte de los males.

–¿Por qué los traductores literarios no tienen el prestigio del autor, aunque la Ley de Propiedad Intelectual los reconoce como creadores?

–Las razones son sin duda múltiples y antiguas. Una de ellas es posiblemente el hecho de que la traducción ha sido considerada sospechosa de infidelidad o de incapacidad para trasladar totalmente un texto, particularmente si es literario, filosófico o religioso.
Otra podría ser la inflación editorial y las voraces necesidades de las editoriales, sobre todo las pertenecientes a grandes grupos, para mantener un ritmo de publicaciones que lubrique su maquinaria empresarial; ese ritmo y ese afán de rentabilidad inmediata hacen que con frecuencia las condiciones en que trabaja el traductor hagan muy difícil que realice una labor excelente; también hace que muchas editoriales busquen traductores poco o nada profesionales a los que poder imponer fácilmente esas condiciones desfavorables.
Todo ello contribuye a que la actividad traductora no goce de prestigio alguno. Pero aparte de esa falta de prestigio, la labor del traductor sufre de la inconsciencia total que de ella tienen los lectores, y eso desde la infancia: en los colegios e institutos se leen o se citas obras literarias, filosóficas o religiosas, por ejemplo, sin que a los profesores se les pase por la cabeza mencionar al traductor, de modo que crecemos con la sensación de que conocemos a Shakespeare, a Balzac o a Kant como si todos esos autores se hubieran expresado en nuestra lengua y en nuestra época. Hay aquí una labor considerable que hacer de sensibilización, e incluso de educación, para que la figura del traductor ocupe el lugar que merece.

–¿Las mejoras laborales de este colectivo, pues, pasan primero por un reconocimiento social?

–Si los lectores, empezando por los críticos, reconocieran la labor de un traductor en particular en un libro determinado y eso influyera en las ventas, ese traductor estaría en situación de negociar mejores condiciones. Si la calidad de la traducción fuera un aspecto abiertamente valorado en la apreciación de los libros, las editoriales la cuidarían más y, en consecuencia, cuidarían más a sus traductores, como sucede –guardando las proporciones– con los autores que les importan.

–¿Cómo conseguir que dejen de ser invisibles?

–La iniciativa tomada por la ACEC y la AELC es una buena medida. Hay otras posibles, claro, empezando por una labor de educación: en las asignaturas de lengua y literatura, por ejemplo, habría que sensibilizar a los alumnos acerca de la importancia fundamental de la traducción, sin la cual, por cierto, gran parte de las enseñanzas que reciben no serían accesibles siquiera.
 
– El Consejo Europeo de Asociaciones de Traductores denuncia que el traductor literario no puede subsistir con las condiciones que le impone el mercado. Esta situación se da en todos los países europeos por igual o en España está más acentuada?

–Desde luego. En Francia, por ejemplo, las tarifas suelen ser de más del doble de lo que se paga aquí. Vivir exclusivamente de la traducción literaria resulta imposible a la mayoría de los traductores. Por otra parte, las tarifas que suelen practicarse obligan a muchos a trabajar a destajo, a no detenerse en detalles ni dedicar el tiempo necesario a resolver dificultades o a corregir, y esas prisas se reflejan forzosamente en la calidad de la traducción.

–¿Qué es lo más apasionante de este trabajo?

Lo que lo hace apasionante es la literatura, el manejo de la Lengua, sus juegos, sus desafíos, el acceso que proporciona a otras culturas, a otra mente –la del autor–, la creatividad que implica. Por supuesto, luego eso depende del libro y del trato que reciba uno por su trabajo.

– ¿Traducir es crear?

Desde luego. Una de las causas de la invisibilidad del traductor es la idea extendida de que traducir equivale a saber idiomas, a hablarlos con fluidez. Está claro que hay que conocer muy bien la lengua que se traduce, pero es fundamental dominar los recursos de la lengua de llegada, que suele ser la propia. Es fundamental saber escribir, ser literato y, al mismo tiempo, receptivo y permeable para adoptar el texto de otro, para hacerlo suyo, desmontarlo para volverlo a montar con otras piezas pero con la misma forma y el mismo espíritu, al menos en la medida de lo posible, a veces incluso mejor.

–¿Cuál es la última obra que ha traducido y en cuál está trabajando actualmente?

La última traducción publicada es La tercera virgen de la autora francesa Fred Vargas. Tengo otra por publicar: Vivir, del escritor chino Yu Hua –es el libro en que se basó la película homónima de Zhang Yimou–. Estoy trabajando en la traducción de poemas de Du Fu, el clásico chino del siglo VIII. Y tengo varias traducciones pendientes: la siguiente novela de Fred Vargas, Un lieu incertain, una novela gráfica de Edmond Baudoin, L’Arleri, además de la reedición revisada y ampliada de las analectas –Lunyu– de Confucio.


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