Viernes, 10 de julio de  2020



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Víctor Mora falleció ayer, 17 de agosto, a la edad de 85 años
abc18/8/2016



(Foto:vm)
 

Víctor Mora, nacido en Barcelona en 1931 fue, como su propio personaje, un héroe de otra época, uno de esos nombres que impulsó la edad dorada de la historieta española después de foguearse (y también quemarse) en ese invierno del dibujante perpetuo que era la cadena de producción de la Editorial Bruguera. Será que al escritor y guionista, autodidacta de formación y educado entre las viñetas de El Príncipe Valiente las páginas de Ivanhoe, se le moldeó el carácter después de una infancia marcada por el exilio y la clandestinidad: sobrevivió a la Guerra Civil escapando con su familia a Francia, sobrevivió también a la cárcel durante el franquismo y, años después, cuando el Capitán Trueno andaba apurando la cuarentena, se sobrepuso a un accidente vascular cerebral y a un cáncer, que a punto estuvieron de llevárselo antes de tiempo.

«Yo envejezco, pero el Capitán Trueno no», señalaba lacónico en una de las muchas entrevistas que, durante la última década, venían a recordar que, pese a llevar varios años alejado del mundo del cómic y cultivando su faceta de traductor, seguía siendo uno de los grandes.

Y todo gracias a una idea que se le ocurrió en 1956, cuando la editorial Bruguera le encargó que diera forma a un personaje histórico y él respondió con un héroe de leyenda: un caballero español de la Edad Media que se inspiraba en los personajes de Walter Scott y Harold R. Foster para transformar la Tercera Cruzada en una época propicia para defender la justicia y liberar a los oprimidos.

«¡A sangre y fuego!», tarjeta de presentación de El Capitán Trueno y estreno de alianza entre Mora y el dibujante Miguel Ambrosio «Ambrós», apareció el 14 de abril de 1956 y los kioscos no tardaron en verse inundados por aventuras épicas, exóticos viajes y mandobles de órgado. En pocos días, los 35.000 ejemplares de aquel primer número, ambientado en Jerusalén y con cameos de personajes como Ricardo Corazón de León, se volatilizaron, por lo que el éxito de Mora y su capitán justiciero estaba más que cantado. «Después de las primeras quince o veinte historias sí que me di cuenta de que funcionaba muy bien, la gente se volvía loca y se vendían millones de cuadernitos del Capitán y comprobé que llegaba a muchísima gente. Ninguno de mis trabajos ha llegado al corazón de tantas personas como Trueno», reconocía el propio Mora hace unos años. La serie, ahí es nada, llegó a despachar hasta 350.000 ejemplares semanales.

Éxito y censura

Acompañado por sus inseparables Goliath y Crispín, y con su eterno romance con Sigrid como licencia amorosa entre tanto guantazo, el Capitán Trueno fue durante muchos años la razón de ser de Mora y uno de los productos estrella de la época. Aún así, ni el imparable éxito de unos tebeos que podían vender un millón de ejemplares al año le libraron de las zarpas de la censura, cuyo exceso de celo, recordaba Mora, se traducía en una obsesión enfermiza por hacer desaparecer las espadas de los caballeros y dejarlos saludando con el puño al aire. «Cuesta mucho hundir a una persona y con nosotros el franquismo no lo logró», aseguraba Mora, miembro del PSUC, detenido en 1957 por la Brigada Político-Social acusado de «atentado contra la seguridad del Estado» y apresado durante unos meses en la Modelo de Barcelona. Es por cosas como ésta que Vázquez Montalbán gustaba de presentar al Capitán Trueno como «un discurso progresista en medio de la ortodoxia franquista».

La primera vida del Capitán Trueno llegó a su fin en 1968 y, aunque más tarde vendrían las inevitables reimpresiones o adaptaciones en manos ajenas, Mora siguió a lo suyo, creando nuevos personajes -en total llegó a firmar cerca de doscientos- e impulsando nuevas sagas como El Jabato, una suerte de versión de Trueno ambientada en la época romana; El Cosaco Verde y El Corsario de Hierro, protagonizada por un navegante español del siglo XVII. Su vida fue el cómic y la historieta, amantes fieles con los que también tanteó la ciencia-ficción con títulos como Astroman o Supernova, pero su pulsión narrativa desbordaba los límites de la viñeta, por lo que a partir de los años sesenta empezó a combinar los cómics con las novelas.

Una de sus obras más destacadas es Els Plàtans de Barcelona que, como no superó los filtros de la censura, vio la luz en París en francés en 1966, hasta 1972 no se publicó en catalán y en castellano, en ella retrata el ambiente de la dictadura. París flash-back (1978) y El tramvia blau (1985) completan una trilogía narrativa a la que hay que sumar Diario de a bordo (sin navegar y a punto de naufragar), libro en el que dio testimonio del infarto cerebral que sufrió en 1996. Otra medalla más para un héroe dentro y fuera de la viñeta. «El heroísmo consiste en estar muy seguro de que lo que crees es, honradamente, la verdad de tu vida, y aguantar lo que te echen. Hace falta mucha resistencia... y también suerte», sentenciaba Mora.

En mayo de 2001 la ACEC publicó en el número 14 de Cuadernos de Estudio y Cultura las ponencias que se presentaron en el homenaje que esta entidad le dedicó a Víctor Mora



   
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